| S.B.H.A.C. Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores |
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Historia y Vida. Extra nº 4 LA ULTIMA CENA EN ESPANA Por Luis García Manzano
En los primeros 'días de febrero de 1939, la Base militar del 5.° Cuerpo de Ejército Republicano, nos encontrábamos acantonados en el pueblecito de Massan'et de Cabrenys. Fue durante estos días que el jefe del Cuerpo de Ejército don Enrique Líster Forjan fue ascendido al grado de coronel. Recibimos su visita el día 6 o el 7 de dicho mes. Conversó con el jefe de la Base y director de la Escuela de Oficiales del Cuerpo de Ejército, comandante don Luis Balaguer. Presente en esa conversación, nos puso al corriente de la situación militar, nada halagüeña para las fuerzas republicanas. Recuerdo que me ordenó ir a 'llamar al jefe de la sastrería de la Base, que se llamaba Isidoro, para que le colocara un nuevo «tablón» (galón) que le había sido otorgado. Escribo esto último para los que en novelas y relatos escriben que Líster durante la retirada de Cataluña se arrancó sus insignias y galones: esto es falso y calumnioso. Líster pasó la frontera con su uniforme y con todas sus insignias y galones. tos que tales cosas dicen, no conocieron a Líster Patatas cocidas y carne en conserva para el «banquete» El comandante Balaguer recibió órdenes e instrucciones de Líster para nuestro paso a Francia. La mañana del día 8, llegó un motorista del Estado Mayor del Cuerpo de Ejército con la orden de dirigirnos hacia Portbou e incorporarnos al resto de las fuerzas del 5.° Cuerpo. Largo sería de explicar con detalles, que bien recuerdo, todas las peripecias que pasamos desde Massanet hasta Portbou, pero pasemos al título de este relato. Pasamos a la frontera unidos a los últimos soldados del 5.° Cuerpo, especialmente a los de la 11 División y a ellos se incorporaron grupos rezagados de otras unidades del Ejército Republicano, en la noche del 9 al 10 de febrero. Aquella noche, en una casa de Portbou frente a la playa de los pescadores, se reunieron todos los jefes militares que se encontraban en este último trozo de tierra de la República española. En unas mesas de fortuna alumbrados con trozos de velas y con las clásicas botellas de gasolina, comimos unas patatas cocidas y carne en conserva; no recuerdo haber comido pan esa noche. Asistí a este último «banquete» por casualidad, por un incidente que más adelante relato. La carretera que pasa al pie de la casa, así como la playa y la pequeña plazoleta que las linda, estaban abarrotadas de carros campesinos y vehículos averiados. Se prohibía fumar. Una guardia de soldados y oficiales hacían respetar esta orden. En la casa del Estado Mayor reinaba un gran ir y venir de oficiales y soldados dando las últimas instrucciones para el paso de la frontera. A todos los soldados se les ordenó proveerse de fusiles. Se pasaría la frontera desfilando militarmente. ¡A Lister no hay Dios que lo coja! A pesar del trajín de soldados y paisanos, había un silencio extraño y sobrecogedor, como si una inmensa pena y congoja oprimiese los corazones. La noche era clara y fría, como son las noches del Pirineo catalán en esa época del año. Se veían relucir los faros de los últimos vehículos que subían la empinada cuesta que conduce a la frontera francesa. Grupos de Guardias de Asalto impedían hacer alto a los coches en la carretera para evitar atascos. Unos tanques de la Agrupación del Ejército del Ebro empujaban los vehículos abandonados lanzándolos por la pendiente hacia el mar. A nuestro paso por Portbou, nos dieron orden de acercarnos a la frontera y esperar. El comandante Balaguer quedó en el Estado !Mayor. (Como detalle de este jefe diré que perdió la pierna derecha en la batalla de Guadalajara y andaba con una prótesis.) Llegamos al lugar y paramos. La llegada de los de Asalto ordenándonos desalojar el lagar dio lugar a unas palabras que tuvimos con ellos y me obligó a bajar al Estado Mayor en busca de una orden; por causa de ello participé en esa «última cena». Llegué jadeando como un galgo al terminar una carrera. Los oficiales de guardia me preguntaron qué pasaba, les expliqué y me acompañaron al primer piso donde se encontraba el comandante Balaguer, a quien expuse el caso. Tan de prisa hablaba, que el jefe de la 11 División, teniente coronel don Joaquín Rodríguez, me dijo: –¡Bueno, hombre, respira un poco, que te vas a ahogar! El mismo jefe ordenó ir a buscar el coche y traerlo al Estado Mayor. Allí me quedé a «cenar» invitado por el teniente coronel Rodríguez. Muchos jefes y oficiales estaban allí, hombres que yo conocía de cuando eran obreros en Madrid. Con ellos se encontraba también el coronel don Juan Modesto Guilloto, jefe de la Agrupación del Ejército del Ebro. En la mesa a más de las vituallas ya descritas, había unas botellas de vino y algunas de licor. Estando comiendo se acercó a mi lado un gran amigo, Vicente Carrasco, teniente en la 9ª Brigada de la 11 División y me dijo: —¡Chaval, cuando termines, ven a relevarme a la puerta del comedor! Así lo hice. Para mi poca experiencia (tenía 16 años), me parecía que se esperaba a alguien. Estaba en la puerta cuando llegó un capitán preguntando por el coronel Modesto. Lo que sigue lo recuerdo como si fuera ayer. Me dirigí a Modesto: —¡Mi coronel! ¡Un oficial de enlace desea hablar urgentemente con usted! Respuesta de Modesto: —Chaval, no soy «mi coronel» sino «camarada coronel». Nuestro Ejército es popular. Volví a repetir, en posición de firmes, el «¡camarada coronel!, que jamás olvidaré. —¡Diga al oficial que pase! —me dijo. Transmití la orden y acompañé al capitán adonde se encontraba el coronel. Hablaron y rápidamente corrió la noticia: Líster pasaría la frontera por otro lugar con el Estado Mayor del 5.° y la 45 División. Esto me trajo a la mente una frase oída al jefe de la 11 División: «¡A Líster no hay Dios que lo coja!». «Chaval, hasta pronto, en Madrid!» Al finalizar la cena tomaron la palabra varios jefes y comisarios. El jefe de la 11 División dijo: «Nuestra !División volverá a la zona del Centro a continuar la lucha contra el fascismo...». Habló Modesto. El momento era emocionante, eran las últimas horas que vivíamos en España, en la zona catalana. Alguien dijo: «¡Volveremos!»: Otro pidió unos momentos de silencio en homenaje a los combatientes caídos en tierras catalanas. Estaba emocionadísimo, alguien me puso la mano sobre el hombro y me estrechó contra él. Después vi quién era: Ignacio Lara, teniente en la 100 Brigada de la 11 'División, con quien nos habíamos conocido en la Escuela de Oficiales del 5° Cuerpo. Entre aquellos jefes, oficiales, comisarios y soldados había quienes me conocían y yo a ellos desde mi niñez, cuando eran obreros o empleados. Cuando simples militantes comunistas o de las Juventudes, pegaban carteles o lanzaban mítines relámpagos subidos en los faroles de mi barriada de Cuatro Caminos. Cuando eran miembros del servicio de orden en las manifestaciones populares. Cuando simples milicianos, subieron a las sierras cercanas de Madrid a detener el avance fascista. Cuando forjadores del 5.° Regimiento de Milicias Populares comenzaron a recibir sus primeros galones, por sus dotes de mando, por sus conocimientos militares o por su valor y arrojo en los combates. Y allí estaban aquella noche, rindiendo un último homenaje a los camaradas caídos por la Libertad, por la República, por España. Todos ellos eran hombres honrados y valerosos. Cantamos la Internacional y la Joven Guardia, que quedaron grabadas en mi mente para toda la vida por ser cantadas en un trágico momento. Bajamos. emocionados y hasta con lágrimas en los ojos. Se dieron las últimas órdenes. Nos despedimos con un ¡Hasta luego! Mi emoción y mi pena eran inmensas. Alguien me dijo:«¡Chaval, hasta pronto en Madrid! ¡Volveremos!» Así fue nuestra última cena en España. |