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Historia y Vida. Extra nº 4

Darío Álvarez Blanco

Historias de la retaguardia nacionalista

El relato que a continuación presentamos a nuestros lectores, y que mereció el segundo premio, nos muestra el aspecto más ingrato de una guerra civil: la represión en la retaguardia. Tuy, sobre el Millo, fue probablemente la ciudad gallega que más tiempo se mantuvo leal a la República (nueve días), por lo que la represión fue allí particularmente dura, tanto más, cuanto que, en la desbandada, no era posible buscar refugio en el Portugal salazarísta: sólo cabía buscar salvación en el monte. Este texto refiere un caso que seguramente no fue único: el de una mujer condenada a muerte que, para aplazar la ejecución y quizá para salvarse —como de hecho ocurrió— simuló hallarse embarazada.

Tuy, ciudad fronteriza con Portugal, la más occidental, con la villa marinera de La Guardia, de la provincia de Pontevedra, antigua sede episcopal. Otrora una de las siete capitales de Galicia, bañada su vega por las aguas plati-verdes del Miño en su última andadura hacia el Atlántico, cercada por derruidas murallas medievales, presidida por almenada fortaleza, convertida más tarde en catedral románico-gótica, poblada de conventos, surcada por inconcebibles calles con misteriosos túneles bajo blasonadas casas vacías plenas de resonancias históricas. Tuy fue la ciudad más castigada de toda la retaguardia gallega durante la guerra civil. Entre los fusilados se contó mi padre —Darío Álvarez Limeses—, médico y periodista de un cierto relieve en el ámbito ciudadano y provincial. Y con él otro médico también prestigioso: el doctor Alejo Diz Jurado, y cuatro convecinos más. Entre ellos un padre y un hijo que murieron abrazados en la madrugada del 31 de octubre de 1936. Habían venido sucediéndose fusilamientos y «paseos» y siguieron después hasta bien entrado el año 1938.

Resistencia en Tuy

Tan severa punición se debió al hecho de que Tuy fue la última ciudad de Galicia que se unió al Movimiento. Y no por propia iniciativa, sino por la rendición de las fuerzas republicanas (militares y civiles) que se opusieron a Falange y al Ejército. Durante ocho días —del 18 al 26 de julio— Tuy fue republicano y conservó sus autoridades republicanas municipales, asistidas por las fuerzas armadas —carabineros, Guardia Civil y dotación y jefes del «Cabo Fradera», un barco de guerra fondeado en el Miño— amén de la masa obrera, casi totalmente integrada en la C.N.T., con un escaso grupo socialista. No se ejerció la menor violencia física sobre nadie y únicamente fueron controlados pacíficamente y puestos a disposición de la autoridad, en convivencia con el comité obrero, los establecimientos dispensadores de los artículos de primera necesidad. El comité obrero se dedicaba, además, a mantener el orden y a organizar la defensa de la ciudad ante el previsible ataque de las fuerzas nacionalistas, que se produjo en la mañana del día 25. Atacaron, 'parapetándose a dos kilómetros de la ciudad, en la carretera de Vigo y sus inmediaciones, las fuerzas de Artillería de Pontevedra, encontrando la resistencia de los carabineros y de los marinos del «Cabo Fradera», así como de los obreros armados con escopetas de caza. En ese día la lucha terminó sin un avance decisivo de las fuerzas nacionalistas, que volvieron a la carga al día siguiente, reforzadas con la Falange de Orense y de Pontevedra y algún cañón cuyo calibre y alcance desconozco. Sólo sé que algunos de sus disparos pasaron sobre el Miño yendo a caer en la ribera portuguesa donde, al parecer, hicieron una víctima en un labrador de aquellas tierras. Sobre las 3 de la tarde forzaron, al fin, la resistencia, entraron en Tuy y proclamaron el bando de guerra. Los defensores civiles huyeron a los montes vecinos y pronto llegaron camiones cargados con sus cadáveres, aunque algunos lograron huir. Entre ellos el diputado don Antonio Alonso Ríos, que ahora vive en Buenos Aires, el médico don Hermenegildo Losada, que vive en Méjico, el farmacéutico don Ulpiano Piña, que murió bastantes años después en Cuba, y no muchos más. Las fuerzas armadas se retiraron a sus cuarteles y de allí fueron llevadas a las cárceles, de donde salieron, en gran número, para su ejecución en grupos sucesivos, salvándose algunos de los de menor graduación. A excepción del comandante del «Cabo Fradera», teniente de navío don Joaquín Valera de Eguilaz, perteneciente a una conocida familia de derechas. La familia y los amigos intentaron por todos los medios salvarle la vida (como, por lo demás, estábamos haciendo todos los que teníamos a nuestras gentes en igual situación) y terminaron por recurrir a mí. ¡A mí, que vivía de milagro y no sólo marginado sino siendo objeto de la mayor desconfianza y que pasé poco después a la situación de libertad vigilada debiéndome presentar todas las mañanas al comandante militar! Pero había sustituido a mi padre, cuando fue encarcelado, como médico del barco y era yo quien !habría de extender el certificado que me pedían, en el que acreditara que el comandante pasaba, durante los sucesos, por una grave crisis asmática que le había aislado física y moralmente de los acontecimientos y le había inhibido hasta el punto de impedirle toda capacidad de mando. Lo extendí con gusto aunque sólo fuera por salvar una vida en medio de tanta sangre. Consiguieron la revisión de la causa y el señor Valera esta vez fue condenado a la pena inmediata inferior. Los demás fueron ejecutados. Bien; podría seguir así indefinidamente hasta escribir cientos de cuartillas, como podría cualquier hijo de vecino de las dos Españas de aquellos tiempos, pero he hecho sólo una reseña breve de algunas secuencias de aquellos primeros días de la guerra para ambientar los relatos que siguen.

Codeína para un perseguido

 Por aquellos días se presentó en mi consulta una anciana que había llegado a pie desde El Rosal, villa situada a 26 kilómetros de Tuy —muy cercana a La Guardia—, porque para venir en ómnibus exigían un permiso y un motivo justificado que ella no podía dar. Era la madre del alcalde de Tuy durante los días de la resistencia, don Guillermo Vicente de Santiago. Me traía entre los pliegues de su pañuelo de cabeza un papel escrito a lápiz por el hijo, escondido en la bodega de la casa de su madre, la viejecita portadora, mientras todos lo suponían escondido en algún lugar de Portugal. Era un antiguo tuberculoso de aquellos tiempos, en los que conseguir una cierta inactividad fibrosa de las lesiones era casi un milagro. Me decía, con letra temblorosa, que estaba sufriendo constantes hemoptisis. No existían entonces casi medicamentos coagulantes específicos y los pocos que se fabricaban habían desaparecido de las farmacias. El bando de guerra castigaba con. la pena de muerte a todo aquel que ayudara o encubriera a los huidos y la pobre madre, que lo sabia, escudriñaba angustiosamente mi rostro. Le receté una fórmula magistral de aquel entonces —calcio, ergotina, etcétera—, y otra a base de codeína para la tos persistente que, además de torturarlo, podía denunciarlo en el silencio de la noche aldeana. Después hice venir a la vieja a casa y raspé cuidadosamente la etiqueta de la farmacia en la que constaba mi nombre. Durante varios meses la cada día más deprimida mujer hizo viajes casi semanales, aun en los crudísimos días del invierno, hasta mi consulta, con cartas del hijo, siempre recorriendo a pie los 52 'kilómetros de ida y vuelta. A veces la trajo algún camión de pescado o de maderas. En la última carta, el hijo se despedía de mi. Ya no volvió más la vieja. Ella misma cavó la fosa del hijo en el suelo terreño de la bodega.

Falsa gravidez

Uno de los puntales de la resistencia de Tuy fue el maestro de Forcadela (aldea situada a 12 kilómetros) don Hipólito Gallego Camarero que, en una redada de huidos del monte fue «paseado» en Mondariz con cinco compañeros más, en los primeros días de octubre de 1936. Al buscarlo en su casa detuvieron a su esposa doña Josefa García Segret, también maestra. Se vio su causa en Vigo a principios de enero de 1937 y fue condenada a la última pena. Ella, para evitar la ejecución, o al menos para ganar tiempo, alegó que estaba embarazada con una gravidez de cuatro meses, pues había sido detenida a últimos de agosto del 38. El juez militar envió a la cárcel al médico forense, a quien la sentenciada hubo de confesar la verdad al tiempo que le pedía una complicidad que rayaba en el heroísmo. El forense, en medio de una gran conmoción, salió de la celda balbuciente y al día siguiente emitió un informe ambiguo y confuso que no convenció al juez, quien le conminó a una mayor precisión. En la segunda visita que con tal motivo hizo a la penada, ésta, como último recurso, le rogó que indicara mi nombre «como más experto en cuestiones. tocológicas», a lo que el forense, apiadado (y, sobre todo, liberado), accedió con muy escasas esperanzas. Pero el juez aceptó la sugerencia y envió la orden oportuna. Acudí a la cárcel y la buena señora me dijo que no estaba embarazada, al tiempo que me pedía que le salvase la vida, porque pronto triunfaría la causa republicana y saldría eh libertad, con lo que yo no correría el menor riesgo». No tuve fuerzas para desengañarla de sus ilusiones —los de fuera, como más informados, no teníamos el mismo optimismo que los de dentro— y menos para negarme a su desesperado ruego y emití un informe diciendo que existían ciertos signos de gravidez que tendrían que confirmarse en semanas sucesivas. Se me conminó a facilitar un parte cada ocho días hasta llegar aun diagnóstico de certeza en uno u otro sentido. Esto sucedía en los primeros días de enero de 1937. A medida que transcurrían las semanas y se sucedían los «reconocimientos» y los partes me temblaban más las piernas al subir las escaleras de la cárcel y la mano al escribir mis oficios al juez militar. Mientras, la pobre señora iba abultando su vientre con toallas y me aseguraba en cada visita que el triunfo republicano «era cosa de días». Y yo iba pensando cada vez más seriamente en la manera de huir con toda mi familia. iAl fin, a últimos .de enero, llegó el indulto tan ansiado! Pero no llegó para mí, ni llegaría si la cosa no terminaba en forma tocológicamente aceptable. Doña Josefa, ahora más animada, 'hacia crecer cada día su volumen dispuesta a seguir esperando la liberación. Le envié un recado secreto, pues yo ya no pedía visitarla, pidiendo que «abortara» cuanto antes. Una noche, a altas horas de la madrugada, recibí una llamada urgente del jefe de la prisión «para que me personara en la cárcel a asistir en trance de aborto a una penada». La hemorragia menstrual de la propia penada —¡y tan penada!— y la de su compañera de Celda (condenada a treinta años), cuidadosamente guardadas, ensangrentó un envoltorio que yo califiqué de «feto inviable». La verdad es que no hubiera hecho falta tan pueril 'precaución porque el angelicalmente benévolo jefe de la prisión, don Francisco Meis, «no precisó comprobar lo que el médico certificaba» y llamó al enterrador quien, en la madrugada, dio tierra a aquella caja de cartón. El señor Meis redactó después, con su letra clara y su burocrático lenguaje de tantos años de oficio, un parte dirigido al señor juez militar de la plaza: «En las primeras horas del día de hoy ha sido verificado el sepelio de un feto nacido muerto en esta cárcel de Partido (según certificado médico que adjunto) por el sepulturero municipal al que acompañó a todos los efectos, un oficial de prisiones afecto a esta dependencia y a las órdenes del que suscribe. Dios guarde a usted muchos años. Tuy... II Año Triunfal». Doña Josefa pasó después a un penal y salió en libertad en 1944. Me visita ahora todos los años, ya bien rebasados los setenta.