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El Ejército Popular de la República

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Conclusiones: Causas políticas de la derrota del Ejercito Popular:

La política de ofensivas de Prieto y Negrín:

El mando republicano valoró correctamente la mentalidad militar del Comandante en Jefe rebelde, y las iniciativas estratégicas de Rojo siempre sorprendieron a Franco deshaciendo sus planes. Pero Rojo no tuvo tanta fortuna al valorar la mentalidad política de su rival ni las reglas del poder en el que se desenvolvía Franco. Franco no podía rechazar una batalla, y menos una que implicara la pérdida de una capital de provincia, como el caso de Teruel. En su marcada estrategia política, el excelente comandante de batallón que era Franco, pero mediocre general, siempre aceptó los desafíos republicanos. Su mejorNegrín visitando el frente de Lérida en 1938. organización, sus excelentes suministros y escalones de retaguardia, su potente aviación, propia y extranjera, su inmejorable artillería, y sobre todo, su retaguardia políticamente unificada y con una gran parte de la población convenientemente aterrorizada, le permitieron resistir las embestidas del león republicano, y en algunas, decisivas, explotar el general desfondamiento en que las armas republicanas quedaban tras la pérdida del efecto sorpresa, y comienzo de la batalla de desgaste, y que las fuerzas republicanas nunca podían permitirse, ni en materiales, ni en hombres. Pues no había un Cuerpo de Ejército de reserva para explotar la ofensiva. La República siempre echaba toda la carne en el asador (y la misma), pero cuando este se agotaba, los relevos nunca llegaban. Las ofensivas diseñadas por Rojo, bien en el Estado Mayor de Miaja o en el flamante Estado Mayor Central, parecían muy correctas desde el punto de vista de un tablero en una mesa de operaciones militares. El cuerpo teórico de las operaciones se diseñaba adecuadamente, pero el detalle de las operaciones se centraba en un corto y como mucho medio plazo de una semana de combates. Los objetivos iniciales se preparaban minuciosamente y el efecto sorpresa de las primeras 24 horas del ataque siempre funcionó. Los republicanos solían atacar por sorpresa, en la oscuridad de la noche y sin apoyo artillero ni de la aviación. Esto lo dice todo de sus carencias materiales. La posibilidad de un avance en profundidad lo suficientemente exitoso para que las armas rebeldes entraran en crisis fue siempre el hilo conductor de las ofensivas republicanas, y en cierto modo así fue, salvo en Belchite que fue el mayor fracaso republicano. Brunete produjo un parón en el asalto rebelde a Santander, Teruel cambió radicalmente las intenciones ofensivas de Franco: ataque sobre Madrid y que probablemente le hubiera dado la victoria en 1.938 a costa de perder sus mejores fuerzas. El Ebro cambió la dirección del ataque franquista y de acuerdo con la estrategia de Rojo decidió la guerra en una batalla decisiva que la República perdió y con ella la guerra. Franco se quedó sin sus unidades de choque ya muy quebrantadas en su ofensiva sobre Valencia, pero eso ya no tenía importancia, había ganado la guerra.

La política de ofensivas del gobierno republicano era correcta desde el punto de vista del Ministerio de Defensa, pero arruinaba las mejores fuerzas del Ejército Popular una vez que la ofensiva quedaba detenida. Las batallas de desgaste, en las que siempre quedó atrapado el ejército popular a las 48 horas del inicio de todas sus ofensivas, fueron demoledoras. El Estado Mayor republicano debería haber sido menos brillante en el planteamiento de sus acciones y más realista en su ejecución y posibilidades. Franco siempre supo coger al ejercito republicano a la contra y machacarle, una sencilla estrategia con un alto coste para el ejército rebelde pero que podía permitirse política y militarmente. La República no, ordenaba el ataque y punto, todo lo más y por lo bajini, sus centuriones le criticaban (con razón, muchas veces, pues Franco, de otra forma, también hacía una guerra político-militar, sólo que tenía resueltas las cuestiones técnicas y las políticas). La República y su EMC hacían principalmente una guerra política, debían convencer al pueblo y a sus soldados de la necesidad de atacar, y lo peor, cruzar los dedos para que el ataque fuera exitoso y no tener que dar explicaciones a los líderes de toda clase y condición del Frente Popular. Durante los preparativos de la batalla de Teruel, un ejemplo, los sindicatos ferroviarios de Aragón-Cataluña hicieron huelga. No se fusiló a nadie como hubiera ocurrido en el bando contrario.

Pese a las razones que hemos expuesto, hay voces que aseguran que pese a todo mejor le hubiera ido al Ejército Popular manteniendo una política puramente defensiva como la que le dio resultados aceptables hasta la primavera de 1937. Aguantar, fortificar y golpear rápido sobre objetivos secundarios hasta conseguir un acuerdo de paz, dicen, hubiera sido una mejor estrategia militar para la República aunque esto suponía aceptar que el Norte estaba irremediablemente perdido. En cierto modo la política de su contrario desde Brunete a Teruel, aguantar la embestida y golpear duramente a la contra. Pero el gobierno no era su contrario ni tenia sus medios, ni su retaguardia unificada, ni sus ayudas internacionales. Y como ya hemos señalado, esta estrategia no era posible ni viable políticamente, pues el gobierno, como tal, estaba en la obligación de atacar y conseguir victorias que alimentaran la moral republicana. ¿Y además, esperar a qué?, los hechos internacionales que sellaron la guerra civil se produjeron en dos momentos decisivos, al inicio, con la no intervención de Inglaterra y Francia, y la puntilla, los acuerdos de Munich, donde Hitler se tragaba Checoslovaquia y por tanto, al evitarse la guerra mundial, Franco podía merendarse la República sin temor a una posible intervención aliada. Desde el principio, la República supo que estaba sola, algunos amigos lejanos, y el padrecito Stalin. Atacar, por tanto, no era un desatino por muy arriesgado que fuera y por mucho que a toro pasado nos lo parezca. No había otra manera de cambiar la mala marcha de las armas republicanas. Y además, y como ejemplo de lo contrario, en la primavera de 1938, el frente del Este se hundió en una campaña defensiva que el Alto Mando no pudo detener ante la superioridad técnica y de efectivos de los rebeldes. El mayor desastre defensivo republicano, por contra de las tablas conseguidas en la  batalla del Jarama, se produce porque se ha perdido la paridad del frente de Madrid. Y no es la derrota de Teruel, como dicen muchos, la desmoralización y pérdidas de esta batalla, el factor determinante de la rotura en dos zonas de la España republicana, el problema es muy otro, es un problema de armas, de instrucción y de organización como hemos señalado. Y la batalla del Ebro es el argumento de esta afirmación, cuando a pequeña escala (15 divisiones) la República fue capaz de superar la instrucción y la organización de este ejército, que no las carencias materiales, y todo ello en un tiempo record. Por ello y frente a muchas opiniones, creemos demostrar que esta política de ofensivas no fue causa política decisiva de la derrota del Ejército Popular.

Un ejército sin ideología propia, frente a lo que pudiera parecer:

La derrota política del Ejército Republicano no fue por tanto culpa de la falta de recursos materiales. Menos aún por la desorganización de la retaguardia, hervidero de emboscados y quinta columnistas. No, todo eso había contribuido pero no había sido la causa fundamental. El Ejército de la República había sido derrotado políticamente, tanto en su propio bando, como, naturalmente, en el contrario. Y me explicó: En primer lugar, era un ejército nacido de un embrión de milicias subsidiarias de organizaciones políticas con más vocación revolucionaria que militar. En segundo lugar, no era un ejército patrio o nacional, aunado por una pasión revolucionaria, como el que defendió las fronteras de la Francia revolucionaria. No, el Ejército de la República estaba formado por una heterogénea mezcla de reclutas forzosos y militantes muy concienciados, pero muy sujetos estos últimos a una doble disciplina política. Tampoco era un Ejército Rojo, aunque le llamaran así, como el que formara Trotsky con una disciplina de hierro para suplir la falta de medios bélicos.

Y por tanto, y contra todo lo que se ha dicho, era un ejército carente de una ideología propia, aun disponiendo de decenas de ellas, a cual más radical. El Ejército de la República no era el Ejército de un Estado, aunque deseara serlo, tampoco era un Ejército Revolucionario, aunque muchos lo intentaran, y mucho menos era un Ejército Rojo, por mucho que sus enemigos se empeñaran en llamarlo así.

Y aun así, fue capaz de operar en condiciones adversas contra ejércitos profesionales, mercenarios extranjeros, cuerpos de ejército de potencias fascistas, divisiones de voluntarios fanáticos altamente motivados y disciplinados, (carlistas: reliquias de anteriores contiendas civiles), grupos fascistas sin piedad, y finalmente, una larga leva de soldaditos españoles, sumisos, y para su fortuna, ¡victoriosos!

Mil días de fuego soportó este abigarrado ejército, desde sus incipientes milicias, pasando por sus Brigadas Mixtas, y terminando en las Divisiones de Maniobra. Hubo de sufrir una espantosa variedad de material y municionamiento. Unos malos servicios de intendencia y transporte. Una dispar disciplina que podía pasar de las medidas draconianas a toda luz injustas que rebajan la moral de la tropa a niveles imposibles, hasta la más absoluta permisividad, en el paraíso de los aficionados. Dispuso de mandos de toda condición, civiles que se demostraron excelentes comandantes tácticos, militares profesionales que nunca parecían entregarse a su tarea al cien por cien, cuando no suspiraban por el enemigo descaradamente. Y eso sí, un Estado Mayor, que en sus cabezas era de lujo, pero que en modo alguno podía evitar la derrota política y por tanto militar, al abandonar las democracias occidentales a la España gubernamental a su suerte y carecer el gobierno y por tanto el ejército de alternativa política ante este hecho evidente. No pudo, entonces, este valeroso ejército tener ideología propia, como la puede tener cualquier ejército, incluida la Wehrmacht. Tuvo todas las de izquierda y no tuvo ninguna. Tuvo todo tipo de mandos y no tuvo ningún líder militar, no tuvo su Trotsky, ni su Moltke, y mucho menos su Napoleón. Pero es que ni siquiera tuvo su Comandante en Jefe, más allá de la figura del Ministro de Defensa y Presidente del Consejo de Ministros, Dr. Negrín. De modo que Rojo, nombrado Jefe del Estado Mayor Central y del Estado Mayor del Ejército de Tierra, asume las funciones de Comandante en Jefe sin serlo y naturalmente sin ejercerlo realmente, pese a su deseo personal de asumirlo y haber solicitado la creación de este mando supremo en carta a Negrín. El cargo de Jefe del EMC no supuso para Rojo tomar las riendas de las tres fuerzas armadas, menos, de los Cuerpos de Seguridad en funciones de Policía Militar, y mucho menos poner la aviación y la flota enteramente a su disposición. Su autoridad quedaba pues limitada en realidad al Ejército de Tierra (y con reparos, pues Miaja tenía tendencia a ir por por libre) y a desarrollar la estrategia republicana de guerra.

Patrulla blindada republicana en dirección a Teruel.Afirmamos pues, que la falta de un comandante en jefe de las fuerzas armadas republicanas y la falta, no menos necesaria, de la declaración oficial del Estado de Guerra fueron sin duda dos importantes aspectos de la derrota política del Ejército Popular, frente a un gobierno fruto de un endeble pacto político entre los partidos del Frente Popular, en los que su vida cotidiana, parece, así se refleja en su comportamiento, un permanente tira y afloja de alianzas y rupturas que condicionaron la política republicana de guerra a una servidumbre civil que era muy "legal" pero de todo punto irracional en la conducción de la guerra, y que debilitó al Ejército Popular casi tanto como la falta de materiales bélicos.

El final:

Puede decirse que cuando la República consiguió organizar su Estado, y con ello su administración, gobierno, justicia, fuerzas armadas, y sobre todo sus industrias, ya era tarde, y la República estaba militarmente a las puertas del colapso. Sorprendentemente, la errática estrategia militar de Franco, con su inexplicable ofensiva sobre Valencia a finales de la primavera del 38, permitió el último esfuerzo militar republicano con posibilidades militares reales, que se basaban únicamente en dos posibles opciones. Una, conseguir las tablas mediante una larga batalla de fijación de fuerzas en el Ebro que posibilitara un acuerdo internacional de paz, donde Franco fuera obligado a aceptar un armisticio por sus aliados alemanes e italianos ante su incapacidad para rendir a una República que sufría revés tras revés, pero nunca acababa de caer. Algo de esto hubo, y bien se notó en la retaguardia rebelde, pero desgraciadamente, y como era previsible desde el principio, las potencias democráticas, es decir Inglaterra, volvieron a dar la espalda a la España republicana, y la pequeña posibilidad de conseguir el armisticio en Munich se esfumó, junto al Ejército del Ebro, tan pacientemente reconstruido los meses anteriores a la batalla. Otra, mantenerse férreamente hasta que estallara la guerra mundial, pasando a tener como aliados a Francia e Inglaterra. Ninguna tenía muchas posibilidades, vista la aptitud de Inglaterra, pero no había otras, salvo la rendición. Y bien lo sabía Negrín que había buscado un acuerdo razonable de paz en los foros internacionales aportando gestos políticos y militares como la retirada de las Brigadas Internacionales.

Cuando Tagüeña repasó el Ebro tan brillantemente con los restos del decimoquinto Cuerpo de Ejército, el Grupo de Ejércitos de la Región Oriental ya no tenía ninguna capacidad ofensiva y muy poca defensiva. Sólo quedaba replegarse ordenadamente a líneas de resistencia prefijadas para así retirar las fuerzas que quizá pudieran mantener el terreno y en el peor de los casos retornar a la zona Centro, pero también esto fue imposible. Como fue imposible distribuir un gran envío de material ruso que se encontraba depositado al otro lado de la frontera francesa entre los que se contaban 70 I-16, 50 Tupolev SB-2, y 40 T-26, y otras muchas armas y que nunca cruzaron la frontera pues llegaban demasiado tarde y en cantidades bastantes menores de las solicitadas a Rusia (¡a crédito!) por el gobierno.

Solamente las fogueadas fuerzas de los restos de las divisiones de Líster, Pedro Mateo Merino y alguna otra cubrieron la retirada valientemente mientras civiles y militares emprendían una patética huida, abandonando Barcelona prácticamente sin lucha, y con ello, toda esperanza. En esta retirada, fría y temerosa, muchos materiales, repuestos, provisiones e impedimenta de las fuerzas armadas republicanas sufrieron graves pérdidas e incluso despilfarros, que hicieron todavía más penosa la escasa lucha de contención que mantenían las pocas y agotadas unidades todavía en orden de combate. Pero aún así, cierto orden de batalla se mantuvo en las FARE y en el ejército, donde muchos hombres y sus máquinas bélicas lucharon hasta el final, consiguiendo que casi medio millón de civiles y militares republicanos atravesaran la frontera en relativo orden. Los estados mayores de los cuerpos quinto y decimoquinto, convertidos en unidades de primera línea, con los restos de los batallones especiales (los más duros de los combatientes republicanos) cruzaron los últimos la frontera con sus jefes en último lugar, en un magno ejemplo de una disciplina militar que todavía sobrevivía en la debacle.

El resto es la historia de la tenaz lucha del Ejército Popular y las FARE por contener la avalancha rebelde y a la par, dotarse a sí mismos de fuerza, disciplina, unidad y mando. En este segundo afán, la República estuvo cerca de conseguirlo como ya hemos dicho, sólo así se explica el empecinamiento bélico republicano que permitió resistir 1000 días de fuego al ejercito rebelde, ejército que no siendo nada especial militarmente, si tuvo y administró sus recursos, sus apoyos y su moral para que fueran suficientes para derrotar a las fuerzas gubernamentales.

La cuestión del Estado de Guerra:

La negativa del Gobierno a declarar el Estado de Guerra, que en una España muy profundamente antimilitarista, hubiera dado a los Jefes de los Ejércitos inmensas prerrogativas, razón principal por la que no se hizo, es el hecho que nos parece crucial para entender la debilidad ideológica del Ejército Popular. Aspectos de este poder militar se dieron en grandes zonas del territorio republicano estuviera o no en vigor el Estado de Guerra, local, provincial y hasta regionalmente. Es indudable que una declaración de Estado de Guerra no sirve de nada si uno no tiene el control del orden público. Pero a la par que se luchaba por este control, nunca enteramente conseguido, hubiera sido conveniente declarar el Estado de Guerra, pese a las poderosas razones que los distintos gobiernos de la República tenían para no hacerlo. Si el Estado de Guerra se hubiera declarado, no dudamos que las cadenas de mando hubieran sido más fluidas, que los medios blindados, la fuerza aérea y la flota habrían tenido una subordinación táctica mayor y que todos los servicios que alimentaban el Ejército Popular hubieran funcionado mejor. Rojo presentó varios informes a Negrín en los que de forma clara abogaba por reformas políticas en la estructura militar de las Fuerzas Armadas Republicanas. En todos ellos se traslucía una idea fija: La creación del puesto de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. El más claro de todos ellos lo presentó el 20 de septiembre de 1938 y que en líneas generales proponía a Negrín:

  1. Militarización de la administración civil (él dice purificación) eliminando los elementos políticos, militares y sindicales indeseables.

  2. Militarización de la retaguardia para la movilización general (él dice persecución del emboscamiento).

  3. Creación de un único ejército con una sola administración militar (Tierra, Aviación, Marina, Carabineros y Seguridad)

  4. Nacionalización de la industria (él dice ponerlas todas bajo una sola dirección).

  5. Militarización del Servicio de Transporte (él dice ponerlos todos bajo una sola dirección militar)

  6. Unificación política. Se refiere a los tres gobiernos que coexistían en Barcelona y a la enorme variedad de partidos, periódicos y organizaciones que tan mal repercuten en la moral de las gentes (sic).

  7. Asegurar el abastecimiento regular desde América y la URSS de forma regular o mediante el contrabando a gran escala.

(Todas estas medidas se resumen en la declaración del Estado de Guerra y el nombramiento de Rojo como Comandante en Jefe)

Ni aún en el improbable caso de que el gobierno hubiera asumido estas propuestas como urgentísimas (que lo eran) se hubieran podido llevar a cabo. Los hombres de Negrín y los comunistas no tenían fuerza suficiente para imponerlo, políticamente eran combatidos desde todos los flancos, largocaballeristas, anarquistas, republicanos, nacionalistas, todo el conjunto político republicano estaba en ebullición. El Comisariado y el EM del Ejército del Centro se encontraban al borde de la sedición. Aunque Rojo asegura que estas medidas salvarían a laMiaja y Matallana en el frente del Centro. República, no es cierto en septiembre de 1938, con la situación internacional tras el pacto de Munich, la guerra no tenía vuelta atrás. La República estaba derrotada y sólo quedaba salvar los muebles. Pero estas medidas sí hubieran podido salvar la guerra, es decir, un alto el fuego con mediación internacional, un año antes, tras los sucesos de mayo, reforzado el gobierno recién estrenado de Negrín. Ese fue el momento desaprovechado, cuando Negrín hubiera debido declarar el Estado de Guerra, militarizar la nación, nombrar a Rojo Comandante en Jefe, unificar los cinco ejércitos, y reprimir la disidencia republicana y la quintacolumnista. La idea de que la derrota política del Ejército Popular es realmente su derrota militar, parte precisamente de la falta de liderato y por tanto de control de fuerzas y recursos. Un fuerte gobierno, prácticamente militar, con soporte socialista y comunista, que buscara un acuerdo de paz hubiera tenido más posibilidades bélicas que las que hubo, asumiendo claro, que la represión política hubiera sido mayor, que anarquistas, largocaballeristas (probablemente) y demás formaciones enfrentadas a los comunistas lo hubieran pagado muy caro. Pero en cierto modo eso ya ocurrió. La unificación del PSOE y PCE, de la CNT y la UGT, y la desaparición de los grupos a la izquierda del PCE y a la derecha del PSOE si no física sí política, hubiera convertido a la República en lo que luego conoceríamos como Democracias Populares, pero hubiera dado más probabilidades a un acuerdo de paz. Afirmamos por tanto, que la única posibilidad que tenía el Ejército Popular de conseguir las tablas bélicas partía de tener el control absoluto de todas las fuerzas armadas, dándoles la cohesión ideológica que el propio PCE le dio al ejército del Ebro, controlando todos los recursos y por supuesto implantando un directorio militar nominalmente presidido por Negrín. Naturalmente, contra eso luchaban las masas republicanas y ello no hubiera sido posible sin una gran dureza. Pero hubiera eliminado una gran asimetría con respecto a los rebeldes, un mando único, inapelable y que funcionara. El gobierno de la Republica ganó la batalla a los revolucionarios de su propio bando, pero no evolucionó en la lógica de la guerra, coqueteó con el autoritarismo, reprimió sin piedad por cuenta ajena a los izquierdistas del POUM, y por cuenta propia, también a los anarquistas, y de paso les quitó las ganas de combatir, pero no concluyó su tarea de reconstrucción gubernamental dando más poder al ejército. No había otra forma de convertir un ejército de papel en un ejército de ciudadanos políticamente conscientes capaz de soportar las más espantosas penalidades y carencias, bajo la más dura de las disciplinas, que es como vencen únicamente los ejércitos del pueblo al canalizar las virtudes cívicas en un espíritu de cuerpo de férrea resistencia.

Pero nada de esto ocurrió. La República y su ejército perdieron la guerra porque no podía ser de otra manera desde el mismo momento en que Alemania e Italia se volcaron sobre Franco, las democracias occidentales le volvieron la espalda, y el gobierno no pudo adaptarse a las graves circunstancias con medidas de excepción, una vez recuperado el control del orden público en mayo de 1.937. La ayuda rusa y el auge comunista le dieron un respiro, pero como decimos, la salvación de los republicanos sólo pasaba por traicionarse a sí mismos y convertirse exactamente en los contrarios de Franco. Opción que nadie en su sano juicio se hubiera atrevido a poner en marcha en 1.937. Es una triste historia.

Por tanto, los aspectos políticos de la derrota del Ejército Popular pueden sintetizarse en:

  1. La falta de una identidad ideológica única en el Ejército Popular.

  2. Incapacidad de los civiles para entregar la marcha de la guerra a los militares una vez creado el Ejército Popular y su EMC.

  3. Incorrecta decisión de no declarar el Estado de Guerra en el territorio republicano y no nombrar a Rojo Comandante en Jefe con plenos poderes en mayo de 1.937.

  4. Las dificultades para adquirir y fabricar materiales de guerra y la crisis alimentaria.

Mientras que para los rebeldes se trató de una larga, lenta, pero victoriosa sucesión de campañas militares a la par que se afianzaba el poder absoluto de los militares y de su líder en el nuevo estado nacional-católico, es decir, el franquismo, para la República,  su Ejército Popular combatió en una guerra que no podía ganar, donde todo a lo que podía aspirar era un alto el fuego. La flota republicana quedó arrinconada bajo la conjunción de tres flotas, la italiana, la alemana y la rebelde. La aviación republicana fue cualitativa y cuantitativamente, lenta y dolorosamente derrotada por tres flotas aéreas de las mismas nacionalidades citadas. El gobierno republicano, completamente marginado en Europa, combatió mientras le quedaron fuerzas que mandar. Mientras existió como tal, conservó sus estructuras políticas, legales y parlamentarias y nunca cayó en la tentación de implantar una dictadura militar, ni siquiera se lo planteó. Luchando contra todas las dificultades, la epopeya militar republicana es digna de admiración, y en algunos aspectos es extraordinaria. Historiadores militares de la democracia están poniendo de manifiesto que la gesta fue heroica, para militares, para civiles y para todos los que amaban la República. Hora es de contarlo y de afirmar para siempre, que la gesta, la verdadera gesta, fue la republicana.


Afirmaciones:

Segunda conclusión de Blacksmith:

La II República no eliminó sus instituciones democráticas ni traicionó su pacto político del Frente Popular, pese a que ello suponía una grave asimetría político-militar con su oponente. El Alto Mando republicano nunca tuvo el poder suficiente para conducir la guerra más eficazmente. Esto no debe confundirse con la llamada "discordia republicana", hablamos de la militarización general de la sociedad republicana en guerra como única forma de conseguir el alto el fuego.