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Antonio Gascón Ricao

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Beltrán, el Esquinazau. Desde la sublevación de Jaca hasta la Bolsa de Bielsa

Beltrán en Moscu en 1941.

Los primeros años

Antonio Beltrán Casaña, nacido en 1897 en Canfranc, no en Jaca como durante muchos años se afirmó, y fallecido en Méjico, D. F., en 1960, de manera inconsciente, tuvo la suerte relativa de poder participar en casi todos los acontecimientos históricos de su tiempo.

Circunstancia personal que no pasó por la cuestión familiar o la económica, pues, su madre Anacleta Casaña, de ascendencia hidalga, con título pertinente y justificativo que guarda en paño de oro, era poseedora de unas tierras de labor y de ganado vacuno, ganadería dedicada, en el ámbito familiar, a la compra y venta, mientras que el padre, Gregorio Beltrán, era de profesión celador de telégrafos, cuya misión consistía en el mantenimiento de las líneas telegráficas situadas entre Canfranc y Francia.

 Recién cumplidos los 12 años, y concluidos sus estudios en la escuela local, el pobre maestro no sabía más, y como las vocaciones del adolescente no pasaban por las de sus ancestros, sus pudientes padres decidieron enviarlo a estudiar, en régimen de internado, a los Escolapios de Jaca de donde, al poco, se fugó colocándose de pinche de cocina de una cuadrilla itinerante de peones camineros. Capturado de mala manera por su padre, pasó a trabajar como dependiente en una tienda de ropa en Jaca, pero él quería ser, cosas de la adolescencia, minero en el mítico El Dorado.

Con aquel quimérico objetivo, y al sentir en la sangre, además, la sed de viajes, el horizonte de Canfranc para él era muy estrecho, se procuró en secreto y con artimañas, en las cuales participó consciente o inconsciente su abuela, un pasaje en barco para huir a las Américas. En concreto, a los Estados Unidos, y con el consiguiente disgusto de sus padres emprendió la travesía a primeros de 1911, cumpliendo a bordo los 14 años, aunque edad en la cual, por otra parte, muchos otros de su generación llevaban muchos años trabajando, por obligación.  

En Arizona, donde el muchacho fue a caer, territorio en aquel entonces de Nuevo México, y con el zipizape de la revolución vecina en Méjico como telón de fondo, asistió, obligado por sus tíos, los mismos que lo habían recogido a su solitaria llegada al puerto de Nueva York, a la escuela local de Flagstaff, pueblo donde residía.

Escuela en la que aprendió entre otras cosas su tercer idioma, el inglés, el francés lo había aprendido siendo casi un niño, haciendo de guía circunstancial, en su pueblo y por dinero, de los turistas franceses y durante los veranos. Recién cumplidos los 16 años, pasar a trabajar en el rancho propiedad familiar, y en alguna reyerta mantenida durante aquella época, en la escuela o en alguna taberna infecta, él que nunca fue ni fumador ni bebedor, como mal recuerdo, le quedará para siempre una cicatriz sobre el labio superior, motivo por el cual y en épocas diferentes, se dejó crecer, coqueto él, el bigote.

A mediados de 1915, Beltrán más que aburrido de ser un vulgar “ovejero” en el rancho, que no “cowboy” (vaquero), pariente y dueño del negocio había decidido incumplir su promesa anterior, de la participación societaria del joven en la explotación, tomó la decisión de organizar su vida al margen de la familia. Decisión que le llevó a atravesar la frontera mejicana para agregarse como voluntario a una de las muchas partidas de “dorados”, que al mando general de Doroteo Arango, más conocido por Pancho Villa, merodean por la frontera sur de Estados Unidos, decisión aquella muy propia de sus dieciocho años.

De Columbus a Canfranc

A nivel internacional, el campanazo se produjo la madrugada del 9 de marzo de 1916, cuando Pancho Villa, y dentro del contexto de su particular guerra contra Carranza, decidió atravesar la frontera de Estados Unidos y atacar a sangre y fuego la pequeña ciudad norteamericana de Columbus, situada frente a la ciudad mexicana de Palomas y muy próxima a Ciudad Juárez, nido del contrabando de armas.

Y la cuestión fue que Beltrán se encontraba en aquel momento entre los cuatrocientos “dorados” que se agruparon a caballo frente a la frontera aquel día, y mientras que en ella quedó Villa, con cincuenta hombres de escolta, el resto, entre ellos Beltrán, al mando del general Pablo López, se lanzó al ataque irrumpiendo a galope en las calles de Columbus, disparando al aire o contra las puertas y ventanas, y gritando Vivas a México, a la Revolución y al general Villa.

Durante el asalto se incendió un hotel y la oficina de correos, y el fuego se propagó imparable a dos manzanas de casas, procediendo los asaltantes a disparar contra todo bicho viviente, y al saqueó sistemático de tiendas y casas particulares. Las fuerzas locales, unos 300 soldados yanquis, a diferencia de lo que sucede en las películas de  Hollywood, reaccionaron tarde y mal al estar cercados dentro de su acuartelamiento, y allí siguieron durante toda la lucha que se prolongó hasta bien entrada la mañana. Tras aquel “castigo”, los villistas, con escasas bajas entre sus filas, sin ser molestados volvieron grupas y repasaron la raya llevándose como botín caballos, armas y alguna que otra jovencita norteamericana agraciada.

No había transcurrido una semana desde el ataque de Villa a Columbus, cuando el 15 de marzo se inició la denominada eufemísticamente por la prensa “expedición punitiva” norteamericana contra Villa, que atravesó la frontera bajo el amparo de un dudoso y antiguo tratado de las pasadas guerras indias contra los apaches, entre 1877 y 1886, firmado por Méjico y Estados Unidos, en particular contra los pobres Victorio y Gerónimo, el último acabó sus días haciendo de vulgar guía turístico en un Parque Nacional norteamericano muy famoso, invadiendo Méjico.

Tropa cuantificada en 10.000 hombres, donde la mayoría eran de color, salvo los oficiales, y al frente de todos ellos el general John J. Pershing, que poco después, gracias a la misma dudosa popularidad que le dio aquel lamentable asunto, fue nombrado jefe de la fuerza expedicionaria americana en Europa, más conocida como Legión Americana, de hecho, el futuro jefe de Beltrán en Europa. Operación aquella que durará hasta febrero de 1917, pero sin conseguir su objetivo final: atrapar a Villa, cuya cabeza, puesta a precio por los yanquis, valía 100.000 dólares de la época, y es que Villa era muy Pancho.[1]

Beltrán, tras su activa participación en aquella breve operación, al igual que sus compañeros mejicanos participantes en ella, pasó entonces de ser perseguidor a verse perseguido con ahínco por las tropas yanquis, aeroplanos incluidos,[2] pero en aquel momento más prudente y viéndoselas venir, en lugar de regresar con la partida villista al relativo refugio mejicano, y ante la previsible persecución de que sería objeto, decidió huir en solitario, a uña de caballo y en dirección contraria, poniendo rumbo hacia las Montañas Rocosas, alcanzado en su galopada Canadá, donde, por narices, y después más de un año y medio de “dorado” villista, abandonando las armas se puso a trabajar de leñador.

En abril de 1917, al decidir Estados Unidos entrar en la I Guerra Mundial, a favor de Inglaterra y Francia, con la excusa tardía del hundimiento por los alemanes en 1915 del trasatlántico inglés RMS Lusitania, cualquier excusa era buena, por su parte, Beltrán decidió entonces enrolarse “voluntario” en la Legión Americana, puesta bajo el mando de su antiguo enemigo el general Persing. Expedición con la que Beltrán regresó a Europa, en aquel momento para combatir en Francia contra los alemanes, donde llegó en junio encuadrado en el Arma de Caballería, su predilecta después de su “galopada”  mejicana.

Pero el cruel destino quiso que Beltrán decidiera desertar de su unidad, según la leyenda,[3] a causa de unos ciertos y complicados problemas personales que tuvo con un estirado oficial yanqui de West Point, pasándose a España en 1918, de uniforme, con una condecoración en el pecho, con su revolver Colt reglamentario en la funda, y conduciendo una ambulancia, apareciendo entre los suyos y en Canfranc durante los carnavales disfrazado de “oso”.

El hecho de su deserción es cierto, que pasó a España de uniforme, con medalla y el arma reglamentaria también es real, incluso es cierto el asunto de su aparición  de “oso” en los carnavales. Pero la realidad fue más prosaica, ya que Beltrán harto de aquella guerra, que según él “no era la suya”, aprovechó un permiso para visitar a unos parientes en Oloron-Ste.-Marie, lugar sitiado en la mitad oriental del actual Departamento de los Pirineos Atlánticos, pueblo fronterizo a Candanchú, y de allí a Canfranc sólo había un paso…

Segundo viaje a América

Tras su llegada a Canfranc y al estar Beltrán dentro de la edad militar, fue llamado a filas, librándose del servicio militar al pagar su madre las 1.000 pesetas reglamentarias,  con la intención de convertir a su “niño” en soldado de cuota. Disconforme Beltrán con la madre, se las ingenió para que el Ejército español le declarase inútil total, a causa de unas brutales palpitaciones cardíacas que no padecía, salvo que se las provocara  previamente y a conciencia, logrando a su vez la devolución del dinero que había pagado antes su amorosa progenitora.   

 Después, huyendo del negocio familiar, y al tener práctica en la conducción de vehículos, adquirida en América, pasó a desempeñar los trabajos más dispares, entre ellos el de conductor de autobús de la línea Canfranc-Jaca, en la compañía La Competencia, o al transporte desde Francia a España de camiones sin carrozar, que una vez puestos en servicio eran destinados a sacar madera de la Selva de Oza.

En medio, renunciando a su leyenda de Don Juan, Beltrán era un conocido y reconocido calavera local, buitre de doncellas locales y foráneas, tras dos años de festejo formal con una moza de Jaca, casó en 1926, en la misma Jaca y por la iglesia, con Teodora Bescós Jarne. Aquel mismo año, puesto a ser aún más formal, a medias con su viejo amigo de Canfranc Francisco Cavero Vas, años más tarde conocido como “el Taxista de Canfranc”, [4] con el cual se le confundirá y se le sigue confundiendo, se compró una camioneta haciéndose ambos transportistas de los materiales destinados a la construcción del cuartel de la Victoria y del Matadero de Jaca o a la pavimentación de la ciudad.

 Sin embargo, a causa de una fundada acusación de contrabando, todo el mundo contrabandeaba más o menos en Jaca, detenido Beltrán por los carabineros después de una peliculera persecución en la frontera, en la que también estaba implicado y procesado Cavero, también casado, al salir ambos del juzgado de Jaca, en libertad provisional y bajo fianza, pagada por un inocente pariente de Cavero que ascendió a 30.000 pesetas, decidieron a bote pronto recoger a sus respectivas esposas, las embarcaron solas y con lo puesto en autobús con dirección a Francia, mientras que ellos, cargando los pocos bártulos familiares en su camión y con la excusa de ir por “madera” como pasaporte, huyeron también a Francia, donde los hombres se dedicaron, ahora sí, al acarreo de madera por cuenta propia.

 A los pocos meses el cuarteto se separó, al decidir el matrimonio Beltrán, tenían cuatro perras en el bolsillo, marchar a Argentina en 1928 en búsqueda de mejores  horizontes. Una vez allí, Beltrán se dedicó a lo suyo, a los oficios más variopintos, que pasaron desde descargador de puerto, a la conducción de tranvías, por mecánico montador en la fábrica de los camiones “Chevrolets”, o como corredor de apuestas circunstancial, problemas incluidos con la mafia local, mientras que Teodora, más conservadora y formal ella, entró a trabajar de señora de compañía de una viuda acaudalada, casa donde era objeto, dada su belleza y juventud, de múltiples y variadas propuestas de las visitas masculinas, hecho que ponía de los nervios al “macho” de Beltrán.

Al fracasar en el intento, y tras quedar ambos sin faena, Beltrán se negó en redondo a hacer de chofer particular de la caprichosa viuda, negativa que a la larga le costó el trabajo a Teodora, mientras que él, aventurero, quería darse un “garbeo” por Bolivia, “mujer, nada más que para ver el paisaje”, la pareja regresó de morros a Francia en el otoño de 1929, embarcados en el flamante y recién estrenado “paquebot” Saturnía A su llegada al país galo, formaron de nuevo cuarteto con los Cavero.

 Con la dimisión del dictador Primo de Rivera el 28 de enero de 1930, y la formación el 29 de un nuevo Gobierno interino presidido por el general Dámaso Berenguer, hasta entonces jefe del Cuarto Militar de Alfonso XIII, se proclamó una amnistía que comprendía su antiguo delito. Por ello, ambos amigos indultados decidieron quemar su vehículo y mudar a Jaca. Con aquel regreso, de forma casi fortuita, Beltrán se convertirá en uno de los principales personajes de la sublevación republicana, protagonizada en Jaca por los capitanes Fermín Galán y García Hernández el 12 de Diciembre de 1930, [5] y motivo principal de su fama posterior.

La Sublevación de Jaca

A su regreso, Beltrán siguió utilizando los vehículos como herramienta de trabajo, pero sensibilizado por la intensa agitación política de aquel año, decidió afiliarse en secreto a Acción Republicana (Manuel Azaña). Momento en el que se le empezó a denominar entre los participantes de las reuniones clandestinas del partido, es de suponer que por iniciativa propia, con el curioso sobrenombre de “El Esquinazau”, y en especial, en los contactos que mantendrá enseguida con los militares conjurados, apodo que a partir de entonces le acompañaría en todas sus andanzas.

Dicho mote, maliciosamente mal interpretado por sus enemigos durante la guerra civil española, provenía de la costumbre que tenía un tataredeudo materno, de la familia de los Casaña, que al reunirse con sus amigotes comentaba lo esquinazau que estaba -en el sentido de baldado, doblado, molido el espinazo- tras la dura jornada de trabajo en el campo, sobrenombre que al hacerse público causó la justa indignación de Anacleta, su madre, al creerlo ya olvidado y enterrado entre sus paisanos.

 A primeros de septiembre de 1930, Beltrán fue presentado en Jaca al capitán conspirador y republicano Fermín Galán por Alfonso Rodríguez, el Relojero,[6] dueño de una pequeña relojería en la calle Echegaray, implicado en la conspiración republicana al igual que el amigo común de ambos Julián Borderas, el Sastre,[7] propietario de un pequeño taller de sastrería y futuro diputado socialista por Huesca en las elecciones de febrero de 1936. Fundadores Rodríguez y Borderas en 1928 de la Agrupación Socialista de Jaca, terceto de amigos que se hicieron muy populares, a nivel nacional, al producirse la sublevación de diciembre.[8]

 A partir de su conversación con Galán, y tras dar su palabra de compromiso personal a la conspiración, Beltrán, con la impagable ayuda del taxi de su amigo Cavero, se dedicó a viajar haciendo de emisario o de enlace con los diversos conspiradores, solo o en compañía, y en particular con los militares de Lérida, al adjudicársele el papel clandestino de jefe del ejecutivo civil en Jaca.

En la madrugada del 12 de diciembre, al iniciarse la Sublevación de Jaca, Beltrán, que aquella noche no apareció por su domicilio, salvo para agenciarse precipitadamente el revolver Colt, recuerdo de su aventura en la Legión Americana en el año 1918, acompañado de Salvador Sediles y del paisano José Rico Godoy,[9] fueron los encargados de sublevar el cuartel de los Estudios, sede del Batallón de la Palma.[10] 

Conseguido el objetivo, Beltrán, según lo previsto, se encargó en persona de la prevista requisa de camiones y vehículos, gasolina incluida, con los cuales se pensaba formar la columna que aquella mañana de viernes tenía que desplazarse a Huesca,[11] pues, la segunda columna marchó en ferrocarril, de reclutar paisanos amigos, unos comprometidos y otros no, en algún caso a punta de pistola y con la consiguiente sorpresa y estupor del interfecto, junto a los cuales marchará acompañando a los militares con dirección a Huesca.

En esta plaza que según los planes previstos de antemano debería unirse a la sublevación, les estaban esperando las tropas monárquicas, pues, los militares de Huesca los traicionaron, recién llegadas de Zaragoza y al mando del general de caballería Ángel Dolla, que les hicieron frente en las proximidades de la ermita de Cillas y donde la suerte ya estaba echada, al haber perdido la columna republicana de Galán 14 preciosas horas en hacer los 72 escasos kilómetros existentes entre Jaca y Huesca.

A la vista del enemigo, y “antes de tirar del mantel”,[12] Galán solicitó voluntarios para ir a parlamentar. Los primeros en ofrecerse fueron Luis Salinas, hijo del jefe del Estado Mayor de la 5ª Región, el general Salvador Salinas, y el malogrado García Hernández. Entonces se buscó un coche y un chofer con los que partir, misión a la que sin dudar un segundo se apuntó voluntario Beltrán. Llegados los tres a las líneas enemigas, sin respeto alguno a la bandera blanca que portaban, fueron detenidos y llevados a la presencia del general Dolla.

Histérico Dolla, sin pensárselo dos veces, condenó a los tres a ser fusilados. A los militares, dado el estado de excepción, por sublevación militar, en el caso del Beltrán y al ser civil, bajo la acusación de conspirador. Camino ya de la cuneta, por fortuna no se cumplió la sentencia, al pasársele la rabieta a Dolla. Arrestados y bajo escolta militar, fueron conducidos primero al Gobierno militar de Huesca, de allí al cuartel de Artillería y después a las instalaciones del Regimiento de Infantería Valladolid nº 74, aunque todavía tuvieron tiempo los tres de oír al propio Dolla dar inmisericorde a sus tropas la orden de ¡Fuego!, eran las ocho menos cuarto de la mañana  

Concluida de forma lamentable la batalla de Cillas, más bien escaramuza, dado el número tan bajo de bajas republicanas, cinco muertos y ocho heridos graves, y apresados los más comprometidos en la revuelta de Jaca, Galán y García Hernández, en juicio sumarísimo celebrado en Huesca, fueron condenados a muerte, y pasados por las armas el día 14. El 16, junto con otros paisanos, Beltrán fue conducido por la Guardia Civil y en ferrocarril a Jaca. Los paisanos que habían tenido una actuación más significativa, como era los casos de Antonio Beltrán, de Julián Borderas, o de Alfonso Rodríguez, y de algún otro, permanecerán más de tres meses incomunicados, en celdas de aislamiento.

A mediados de marzo de 1931 la cifra de civiles detenidos en la Ciudadela de Jaca,  que en diciembre era de 139, que había alcanzado el pico máximo de los 152, tras levantarse el día 24 de enero el Estado de Guerra en toda España, con las excepciones de Huesca y Madrid, la situación cambió. Continuaron encarcelados 83,  fueron sobreseídos 28, 39 ya se encontraban en libertad provisional y 2 en libertad definitiva.

Siguiendo el goteo, en los primeros días de abril siguiente la mayoría de los detenidos habían sido puestos en libertad, provisional o definitiva, quedando un resto de 59 civiles encausados, de los cuales 50 seguían en prisión y 9 huidos declarados en rebeldía. Para los encarcelados, en el caso de 45, se solicitaba la pena de reclusión perpetua a muerte según se determinara. Entre los peor parados estaba, cómo no, Antonio Beltrán Casaña, el Esquinazau. Una cara y un alias, que aparecía, junto con otros implicados, en muchas de las noticias gráficas de la prensa española del momento.  

A final de marzo, y tras celebrarse el juicio en Madrid contra el Comité Revolucionario Nacional, con sentencias mínimas, el anterior contra los militares había tenido lugar en Jaca unos días antes con durísimas sentencias, con pena de muerte al capitán Salvador Sediles, que después sería indultado y condenado a cadena perpetua junto con 11 compañeros más, se levantó la censura de prensa con motivo del inicio de la campaña electoral a elecciones municipales que se tendrían que celebrar el día 12 de abril, a las cuales concurrían candidaturas republicanas con la esperanza fundada de alcanzar el triunfo, esperanza que de todo corazón Beltrán compartía.

A las once de la noche del día 14 de abril, tras la victoria republicana en las urnas y la consiguiente proclamación de la República en toda España, y mientras Alfonso XIII estaba camino de Cartagena y del exilio dorado, dejando tirada en Madrid al resto de la familia real, Beltrán y todos sus compañeros, después de cuatro meses de encierro y zozobra, fueron liberados de la Ciudadela por el pueblo llano acompañado por los sones de La Marsellesa a cargo de la jacetana Banda de La Pana.

El 19 de abril, los liberados de Jaca, paisanos y militares, tras un viaje apoteósico llegaron a Barcelona, hospedándose en el hotel “Oriente” invitados como ciudadanos de honor de la ciudad, y donde se tenía previsto celebrar una serie de homenajes. Desde el día anterior Sediles ya se encontraba en Barcelona, procedente de Mahón, donde apenas ha permanecido dos semanas con 26 compañeros más de cautiverio Se cerró la tournée con un banquete en el Palau de la Generalitat, acto que presidió Maciá, flamante Presidente de Cataluña en funciones, flanqueado por Aguadé Miró, Capitán General, y Companys, Gobernador Civil. Denominador común de todo ello fueron los Vivas a la Libertad, a la nueva España republicana y a Cataluña.

Administrador en Los Arañones

Una de las primeras decisiones que tomó el gobierno provisional republicano fue la de la convocatoria de elecciones constituyentes a Cortes. Un decreto del día 8 de mayo  regulaba  aquellas elecciones, fijando la primera vuelta de los comicios para el día 28 de junio próximo.

Con motivo de las mismas, y dentro de las candidaturas en liza, se presentó una  bajo el nombre “Insurrección de Jaca”, que tenía como candidatos a Francisco Galán, hermano del fusilado y teniente de la Guardia Civil, el ex capitán Salinas, el ingeniero Fernando Cárdenas y el abogado jacetano Luis Duch Lacasa, los tres últimos, implicados y procesados durante la sublevación.[13]

Aquella candidatura radical de izquierdas contaba con el apoyo del PCE, al no haberse presentado a las elecciones el Partido Comunista como tal, y en uno de los últimos mítines monstruo de la campaña, celebrado por aquella candidatura en Jaca el 25 de junio, día de Santa Orosia, pasó a ser presidido por Beltrán, asistiendo como invitado Rafael Américo, candidatura que alcanzó casi el 16% de los votos en el partido judicial de Jaca. El apoyo de Beltrán a aquella candidatura en particular presta una buena excusa para tratar de adivinar, en lo político, que le andaba por la cabeza.

Y en esta ocasión damos la razón al historiador franquista Ricardo de la Cierva cuando afirmaba que Beltrán “leyó mucho y adquirió una ideología muy aragonesa de anarquista independiente”,[14] pues, hasta la fecha, había pasado por Acción Republicana, y ahora parecía ser radical de izquierdas y muy próximo al PCE, para poco más tarde mezclarse con los anarquistas, y durante la guerra primero socialista, antes temporalmente del PSUC, y después del PCE, del que años después se daría de baja a la brava, pasando por último al servicio de la República en el exilio. En resumen: era él.

 El 5 de septiembre de 1931, en Jaca estalló el escándalo. Manuel Azaña, a la sazón, ministro de la Guerra, lo recoge así en su diario, explicando que en Jaca había surgido un movimiento comunista, en el cual parecían estar implicados algunos militares y un puñado de civiles, pero sin darle importancia. Aunque lo cierto fue que en los mentideros políticos y periodísticos los rumores eran otros.

 La supuesta conjura, atribuida a círculos comunistas, de haber prosperado se podría haber extendido como una mancha de aceite a Zaragoza, Barcelona y algunas provincias andaluzas. En ella salieron a relucir nombres como los de los capitanes Sánchez, Rexach y el del infatigable Salvador Sediles, en aquel momento comunista, así como el del teniente Justo López Mejía, detenido por Beltrán la mañana del 12 de diciembre de 1930, en aquel momento un tibio, aunque después se lo repensó, pasándose al bando de Galán, y en aquel momento republicano fervoroso y perteneciente al Cuarto Militar del Presidente de la Republica. Pero el asunto concluyó en nada.

El 25 de febrero de 1932, Teodora, esposa de Beltrán, dio a luz una niña a la que se impuso de nombre Esther. Poco antes, merced a unas gestiones personales realizadas en Madrid por Beltrán, donde había residido por un tiempo, llamado como testigo a las Cortes españolas, al tener lugar una interpelación al general Berenguer a propósito de la represión de los sublevados de Jaca, el Estado le adjudicó de forma graciosa un empleo en Ávila: la administración de una gasolinera del Monopolio de Petróleos, donde marchó sólo y volvió aún más solo, al poco, explicando a su mujer “que aquello era un nido de fascistas”.

 No había pasado ni una semana del nacimiento de Esther, cuando Beltrán volvió a estar de nuevo en danza. La noche del 4 al 5 de marzo de 1932 se dispararon de nuevo las alarmas en Jaca. Había otro nuevo complot y, además, gente detenida. Después se sabrá que el movimiento que se estaba gestando estaba organizado por notorios elementos anarquistas que tenían ramificaciones en Huesca o Zaragoza, sus principales feudos en Aragón, y que ha sido descubierto merced a la interceptación de un telegrama por parte de las autoridades civiles de Huesca y del comandante militar de Jaca.

Según algunas fuentes bien informadas, dicho movimiento estaba organizado y dirigido por el teniente Carlos Sanjuán, de guarnición en Jaca, contando entre sus filas a varios cabos y soldados que junto con un grupo de paisanos de la localidad, estaban en contacto con miembros señalados de la CNT de Huesca y de Zaragoza, que a su vez contaban con contactos en el resto de España. La primera caída de los comprometidos se produjo el día 3 de abril, por la noche, tras una entrevista que había mantenido Sanjuán en Huesca con ciertos elementos implicados. Como consecuencia de ella fueron detenidos y trasladados a Jaca los anarquistas Juan Arnalda y Ramón Acín.[15]

 Una semana más tarde, la prensa local informaba, brevemente y casi de pasada, del ingreso en prisión de: “seis u ocho jóvenes convecinos nuestros, quedando también en prisiones militares unos cuantos soldados y un teniente”. Además del teniente Sanjuán, el principal implicado, fueron detenidos como cómplices un total de seis cabos de la guarnición. Entre los convecinos citados y no nombrados por El Pirineo Aragonés de Jaca habían caído en la redada policial ocho vecinos, y entre ellos, cómo no, Antonio Beltrán, el Esquinazau. Salvo tres paisanos nuevos en aquellas lides revolucionarias, el resto resultaron ser todos veteranos de la sublevación de Galán. Pero poco debió implicarse Beltrán en aquella historia cuando nueve meses más tarde su vida dio un brusco giró de ciento ochenta grados.         

 De creer a Teodora, en una de las muchas visitas que los diputados republicanos oscenses giraron al ministro de Hacienda, el socialista Indalecio Prieto, antiguo miembro del Comité Revolucionario en el año treinta, estos le recordaron la antigua petición de Antonio: la de un empleo estable, a poder ser, y si no es pedir mucho, Sr. Ministro, dentro de la zona en que habitualmente se desenvolvía.

 A la inversa, sus dos viejos colegas conspiradores, Alfonso Rodríguez, el Relojero, y Julián Borderas, el Sastre, igual de significados que Beltrán en diciembre, habían optado, mucho más terrenales y prácticos, aparte de sus negocios particulares, por la política local. Por otra parte, aquella concesión a Beltrán, de otorgársela, permitiría al naciente gobierno republicano controlar a aquel “bala rasa”, del cual, a aquellas alturas y le gustara o no al sujeto en cuestión, dependía una familia convencional.

 Consecuencia de aquellas gestiones, en los primeros días de diciembre de 1932 Beltrán recibió noticias de la “Dirección General de Ferrocarriles, Tranvías y Transportes por Carretera. Personal Facultativo y sus Cuerpos Auxiliares”, donde se le nombraba “Presidente de la Comisión del Poblado de los Arañones de la Estación Internacional de Canfranc, en el ferrocarril de Zuera a Olorón”, cargo en el cual permanecerá inamovible hasta el 19 de julio de 1936, y lugar donde la familia Beltrán pasó a residir.[16]

En el desempeño de aquel cometido, el fiero revolucionario transformado por arte de magia en avezado contable, puso en orden las cuotas debidas durante años por el funcionario francés, una suma considerable de la que Beltrán cobraba, por decreto, el 20%, creando a la vez un sistema de gestión que se mantuvo sin variaciones hasta 1960, bajo el control, pues, de sucesivas administraciones franquistas

El 3 de diciembre de 1933, ausente del pueblo el médico, Teodora se puso de parto. Asistida por una partera circunstancial, trajo al mundo un hijo varón al que su gozoso e ilustrado padre impuso el nombre compuesto de Roentgen Edison, fino y culto homenaje a los famosos científicos y futura fuente de problemas para el zagal  agraciado. Y así fueron pasando los años sin que Beltrán se mezclara en apariencia en la política, tal como hicieron sus amigos Julián Borderas o Julián Mur, detenidos procesados, juzgados y condenados en Jaca, aunque a penas leves, tras la sublevación de Asturias en octubre de 1934. 

 A principios de 1936, y después de la victoria en las urnas en Febrero del Frente Popular, dada su notoria reputación de revolucionario en la zona se le tanteó, por parte de varios militares destacados en la Ciudadela, oficiales adscritos, que vueltas da el mundo, al Regimiento del Galicia, el mismo al que había pertenecido Galán, que había sido trasladado por la República desde Barbastro a Jaca. Las propuestas de éstos no fueron demasiado claras, ya que le insinuaron si podían contar con él en el caso supuesto de un eventual levantamiento militar contra el Gobierno, propuesta a la cual se negó rotundamente. En julio, Beltrán se acordará de ellos en el sentido más literal.

18 de julio de 1936

Ante el rumor de un inminente alzamiento militar en la plaza, África ya estaba sublevada desde el día anterior, los militantes del Frente Popular de Jaca se echaron a la calle el día 18 de julio, y encabezados por Julián Mur, el alcalde, por Alfonso Rodríguez, el Relojero, y por Julián Borderas, el Sastre, a los que acompañaba Beltrán, bajado ex profeso de Los Arañones, se aprestaron a la defensa con las primeras armas que encontraron, y a su vez se empezaron a levantar las primeras barricadas, mientras que los vehículos particulares eran confiscados.

 En los intermedios, Mur había pactado la neutralidad de los carabineros, quedando estos acuartelados, se encargaron de prestar las armas a los civiles. Después de breves, pero sangrientos combates, donde la peor parte se la llevaron los sublevados a su salida de los cuarteles, al final, la resistencia civil fue aplastada por los militares que empezaron su reinado de terror entre los que no pudieron escapar de Jaca a tiempo.

 A media mañana del día 19 Beltrán estaba en Canfranc, intentando solucionar varios problemas. Confirmado que los rebeldes ya habían tomado definitivamente Jaca y que se aprestaban a subir con dirección a Canfranc, decidió junto con su primo Lázaro Beltrán y varios amigos más, levantar un tramo de la vía férrea cortando así la comunicación. Después, tras meditarlo, primero pensó en su mujer Teodora y en los críos, y después en su responsabilidad personal en la administración del Poblado de los Arañones.

Para evitar fáciles calumnias, finalmente decidió dejar las llaves de la caja fuerte de su despacho, con el saldo íntegro de las operaciones realizadas, que ascendía a más de cien mil pesetas de la época, en manos de Teodora mientras le ordenaba seco: “No se hable más, tu te quedas”, y Beltrán, una vez más, volvió a emprender el camino de la frontera.

 omo represalia a su huída, los sublevados, representados por la Guardia Civil, después de saquear la casa familiar y tener que volar la caja fuerte, pues, a Teodora le faltó tiempo para tirar las dichosas llaves al río, tomaron en calidad de rehenes a Teodora y a los dos críos, y de propina a sus respectivos padres, siendo estos últimos puestos pronto en libertad.

 a prisión de su esposa e hijos, y al no entregarse Beltrán voluntario ante los sublevados, empezó en el Seminario de Jaca, continuó después en el fuerte de Rapitán, de allí a la prisión de Ondarreta, en Guipúzcoa, para más tarde pasar al Asilo de San José, en San Sebastián, regentado por unas oscuras monjas pre-conciliares, y no serán puestos en libertad, después de muchas humillaciones y sobresaltos, en dos ocasiones distintas estuvieron a punto de ser “paseados” por los falangistas, salvándoles la piel un oficial de prisiones, hasta el 24 de junio de 1939, es decir, tres meses después de concluida la guerra civil. Situación que les acarreará numerosos problemas derivados de la carencia absoluta de medios económicos para sobrevivir y del rechazo social, dada su “terrible” condición de rojos notorios, y más aún al tener Teodora el valor de volver a residir en Jaca.[17]

 l 19 de julio de 1936, Beltrán, junto con su primo Lázaro Beltrán, con un jovencísimo Hilario Borau, que después será su secretario personal durante la guerra, con Ricardo Sánchez, el de Bayona, y alguno que otro más, pasaron a Francia por el túnel de Canfranc, afincándose en un hotel próximo a Gavarnie, donde les darán alcance Julián Borderas, el Sastre, y Alfonso Rodríguez, el Relojero, o Julián Mur, el alcalde de Jaca, dirigiéndose todos, sin más dilación, a Barcelona.[18]

 El regreso a Aragón

En la barcelonesa plaza de Palau, el grupo de jacetanos recién aterrizado, formado por 21 miembros, se reunió en  cónclave, tratado de pesar en qué hacer, y el resultado fue de lo más democrático: dirigirse a los locales del respectivo partido a solicitar el equipo necesario y un destino en el frente. Para los no militantes de hecho o de corazón, plena libertad. Pero eso sí,  el firme compromiso de todos ellos de empuñar las armas donde fuere y como fuese contra el fascismo.

Pero una cosa era la buena voluntad y otra distinta las circunstancias en Barcelona. Así, Hilario Borau, por ejemplo, después de ver la confusión que reinaba en la sede del partido socialista, resolvió alistarse de voluntario en la expedición que, con destino a Mallorca, comenzaba a organizar la Consejería de Defensa de la Generalitat en la estación de Francia, al mando del capitán Alberto Bayo, y para allí marchó a mediados de agosto. Por su parte, Alfonso Rodríguez, el Relojero, pidió audiencia al presidente Companys, al cual había conocido con motivo de los homenajes posteriores a la sublevación de Jaca, con la idea de conseguir su apoyo. Pero todo resultó inútil.

Aquella misma noche, la mayoría de los recién llegados, entre ellos Beltrán, consiguieron un alojamiento de campanillas en el Círculo Ecuestre, situado en la Diagonal, que en realidad quedó limitado a dormir sobre las lujosas mesas de billar. El día 22 de julio, hartos de deambular sin rumbo y de ser continuamente molestados en los controles, decidieron afiliarse, militantes y no militantes, a excepción del cenetero Ripalda, al PSUC. Decisión que les permitió más libertad de movimientos y una cierta cobertura legal frente a las patrullas armadas.  

En aquellas idas y venidas por la Ciudad Condal, fortuitamente, se toparon con Nicanor Felipe, teniente de Asalto y paisano del terruño, que los días anteriores había combatido en las calles de Barcelona a los militares sublevados, que al escuchar sus intenciones les paso de tapadillo dos fusiles, uno de ellos ametrallador, y tras celebrar una cena de despedida en el local de Izquierda Republicana del Distrito VI, el 8 de agosto, tal como recoge La Vanguardia, sin más pérdida de tiempo, se hicieron con un camión en el cual montaron 15 de los 21 hombres primitivos y los dos “chopos”, y sin otro equipo tomaron la carretera rumbo a Lérida.

Allí consiguieron más armas, y tras pernoctar en una iglesia, a la mañana siguiente, bajo el mando implícito de Julián Mur, decidieron partir en dirección a Lanaja, donde tras entablar un breve combate con el enemigo, le hicieron 17 prisioneros. Pasaron entonces a Alcubierre, casi en el límite de las dos provincias norteñas aragonesas, donde se unieron a una pequeña columna de la CNT de Barcelona, todos vecinos del barrio marítimo del Poblenou, de vieja tradición anarquista, y por Sariñena y Barbastro marcharon todos hasta Mediano.

 Puestos en contacto con el comité revolucionario local se enteraron que éste tenía detenidos a los guardias civiles del lugar, que se encontraban en el trance de ser fusilados en cualquier momento. Para sorpresa del grupo jaqués, los guardias civiles resultaron ser conocidos de unos o de otros y, además, con familiares en Jaca, por lo que decidieron negociar con el comité su entrega, junto con sus armas, en calidad de prisioneros. Concedida la petición, poco tiempo después, aquellos mismos guardias civiles eran unos camaradas más alineados a su lado, combatiendo codo con codo, en principio, en Yésero.        

La irresistible ascensión de Beltrán

En septiembre de 1936, por orden del teniente coronel José Villalba, jefe del Sector de Huesca, Beltrán se hizo cargo del “Grupo Alpino de Sabadell”, pequeña unidad militar catalana que dependiente de la Generalitat de Cataluña pasó a aquel sector, y la primera que se puso bajo su mando.

Creado en Caspe, en febrero de 1937, Beltrán pasó al mando del Batallón “Cinco Villas”, después 518 Batallón, al decidirse su envío al Sector Pirenaico, denominado entonces Agrupación Alpina. Por aquellos días, siguiendo la política militar marcada desde Madrid,  se empezó a crear en Boltaña la Brigada Mixta 130ª, base de la que sería finalmente la 43ª División, división definitivamente constituida en junio, que se compondrá de la brigada antes citada, más la 72ª B.M. y la 102ª B.M. 

Antes que sucediera lo anterior, el 5 de mayo, con motivo de los graves sucesos que estaban aconteciendo en Barcelona, conocidos como los Hechos de Mayo, y donde se enfrentaron a tiros por un lado la CNT y el POUM, contra el PSUC y el resto de grupos nacionalistas catalanes,[19] a la salida de Fiscal, y abandonando el frente, se concentró una pequeña columna del POUM con la intención de llegar a Barcelona donde pensaba participar en los combates, encontrándose, al poco, con la carretera tomada por los hombres de Beltrán, que con las ametralladoras emplazadas, les conminó a reintegrarse a sus puestos, y sin que se derramase una sola gota de sangre, el episodio no dejó de ocasionar un gran malestar.

 En agosto, al iniciarse la ofensiva republicana en Aragón, con la intención de tomar Zaragoza, varios batallones de la 43ª pasaron a engrosar las fuerzas atacantes, participando Beltrán, con el 517 Batallón, antiguo “Alto Aragón” bajo su mando circunstancial, en los combates de Farlete, ocasión de fuertes pérdidas para la unidad, ya que de los 674 hombres que bajaron sólo quedaron válidos para el servicio 332, momento en que se incorporó como ayudante de Beltrán Hilario Borau que resultó herido en aquellos mismos combates. De allí, sin reponer bajas fueron nuevamente enviados a cubrir el Sector de la 43ª, pasando Beltrán de nuevo al mando del “Cinco Villas”. 

En septiembre Beltrán expresó con dureza, ante un grupo de íntimos, su disconformidad con la actuación que estaban llevando a cabo los dirigentes socialistas, rompiendo su carné de afiliado, para muy pronto ingresar en el PCE formando parte de la misma célula del PCE de su amiga y compañera en aquellos momentos Elena Legaz, la Rubia. Coincidencia o no, el 11 de septiembre, Beltrán fue nombrado jefe de la 72ª B.M., tomando parte con su brigada en las operaciones que se iniciaron el 18 de septiembre con la intención por parte de la República de tomar Jaca y toda su comarca, objetivo que, con independencia del notable avance de líneas las republicanas, no se consiguió.

En diciembre, pasaron a desempeñar importantes cargos dos viejos conocidos suyos: Miguel Gallo, capitán cuando la Sublevación de Jaca, fue nombrado jefe del X Cuerpo de Ejército, que formaban las Divisiones 31ª y 43ª; y como comisario político del mismo C. de E., figuraba entonces Julián Borderas, el Sastre, viejo amigo suyo de Jaca.   

A todo esto, con tener una intensa actividad pública, Beltrán seguía contado con una vida privada; y ambas se cruzaron a comienzos de 1938 cuando, en una sencilla ceremonia laica y sin valor alguno, presidida por Lorenzo Berdala y Juan Lacasa, Juanito,[20] “casó” con la joven y guapísima miliciana, natural de Sofuentes, Elena Legáz, sabiendo ella y Beltrán en aquellos mismos días que su esposa Teodora y sus hijos Esther y Roentgen continuaban detenidos y en manos de los fascistas. Concluida la guerra civil, la “feliz” pareja se trasladará a la URSS en abril de 1939, Elena en calidad de “sobrina” del ya maduro Beltrán.[21]

El cometido de Elena en la División, tras haber trabajado antes en Caspe en las oficinas de reclutamiento del Batallón “Cinco Villas” y el de la FETE, lugar donde se habían conocido en febrero de 1937, consistía en recoger los niños de los caseríos cercanos al emplazamiento del puesto de mando divisionario e impartirles clases elementales, al ser maestra nacional de oficio, tarea que ya había realizado en Gésera, en  Molino Villobas, o en Linás de Broto y siempre en pos de Beltrán, y mucho antes que su compañero ya estaba afiliada del PCE, al igual que su hermano muerto en combate durante la toma de Biescas en el mes de septiembre anterior.

La Bolsa de Bielsa

Cuando se inició en marzo de 1938, la ofensiva nacional en el frente aragonés que trajo consigo el derrumbe total y absoluto del Ejército del Este, el jefe de la 43ª, José Escassi Cerrada, huyó hacía Irún, acompañado de su hijo y del chofer.

Con motivo de aquella huída, la noche del 26 al 27 de marzo, Beltrán, tras ser substituido en el mando de la 72ª B.M. por el comandante Gómez, jefe del Batallón 405 de la 102ª B.M, al cual substituirá el 21 de mayo el asturiano Amado Cuervo, al resultar herido Gómez por una granada en Ceresa, fue ascendido a comandante en jefe de la 43ª División.

 Nombramiento que provino directamente de Barcelona, y más en concreto de la persona de Josep Benet,[22] amigo de Beltrán y antiguo jefe de las Milicias Pirenaicas,[23] unidad catalana disuelta entre las fuerzas de la 43ª División en junio de 1937, pero en aquella ocasión, comisionado Benet, con plenos poderes por la Generalitat, para organizar en lo posible la resistencia en aquel frente y con la misión, por otra parte, y aunque parezca inverosímil, de localizar la posición exacta de los efectivos existentes en la zona, que el Estado Mayor del Ejército del Este ignoraba tras la catástrofe militar que se estaba produciendo.[24] De ahí las extrañas historias que corrieron aquellos mismos días por la prensa gubernamental y en particular en la de Barcelona.[25]

 Beltrán junto con Benet, afincados en precario en una caseta de peones camineros próxima a Boltaña, planearon entonces sobre una vieja guía turística francesa, la cartografía era inexistente, se había perdido en la retirada y hubo que traerla días después ex profeso y a “pata” desde Barcelona, el aconchamiento de las fuerzas de la 43ª División en el Valle de Bielsa,[26]

Idea que unos meses antes ya llevaba en cabeza Beltrán, tomando las medidas pertinentes y ante la posibilidad de una posible retirada, a lo que su inmediato superior, Miguel Gallo, su jefe en el Xº C.E., se oponía argumentando las indudables “ventajas” de una pronta y rauda retirada a Francia, tan pronta en los deseos de Gallo que, con los primeros contingentes de la 31ª División y sus mandos, la primera y última en huir y gemela de la 43ª en el Xº C.E., pasó la frontera el 31 de marzo huyendo de la quema. A raíz de aquella misma discusión mantenida al respecto entre Gallo y Beltrán, corrió durante mucho tiempo el bulo entre los combatientes de la 43ª, de que aquel había muerto por la mano justiciera de Beltrán. [27]

 Hecho evidentemente falso, pues Gallo desde Francia pasó a Barcelona, donde fue detenido y posteriormente apartado del mando sine die, retirada aquella de Gallo, cosas del destino, que pagó con creces en 1939 y a manos franquistas, que lo fusilaron en el Seminario de Alicante, pues, su deserción de 1938 era ya la segunda, al haber abandonado en la primera a la tropa a su cargo, durante la batalla de la ermita de Cillas, en diciembre de 1930 y cuando Jaca, huyendo de la forma mas cobarde al exilio dorado en Francia, y no regresando a España hasta la proclamación de la República en el abril siguiente, como un héroe. El nombramiento de Beltrán como teniente coronel apareció en el Boletín Oficial del Estado el 30 de abril, junto a éste, a título póstumo, el de Buenaventura Durruti.

Cuando Negrín, jefe del gobierno de la República, acompañado de Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor Central, se presentó el día 15 de mayo en Bielsa,[28] Beltrán, ante el cerco que estaba sufriendo su división, y ante las más que evidentes carencias que padecía la unidad, a causa del cierre preventivo de la frontera francesa y del férreo control ejercido en la misma por el Comité de No Intervención, había propuesto la disolución de la división, como cuerpo orgánico, para constituir con sus mejores hombres unidades guerrilleras, cuyo cuartel general, caso de llevarse a acabo su propuesta, tendría que ubicarse en los montes de El Castellar de Zaragoza, más exactamente en los pinares de Zuera.

Proyecto que en mayo ya había sido desechado por el Alto Mando de Madrid, dada la publicidad que significaba para la República, tanto en la prensa nacional como en la internacional, aquella heroica resistencia, tras la lamentable derrota en el mes marzo anterior del Ejército del Este, y con los enemigos casi ante las puertas de Barcelona.

Oficialmente aquella visita de Negrín se tomó entre la prensa como colofón del paso a Francia el mes anterior, entre los días 7 y 14 de abril momento en que se puede afirmar se inició la Bolsa, de gran parte de la población civil del valle (poco tiempo después habría otra segunda y definitiva expedición), operación que resultó muy penosa teniendo en cuenta la característica climatológica del Pirineo, y que aun contando con los puestos escalonados de socorro que se crearon al efecto, se registraron varios accidentes mortales,[29] o a modo de homenaje a la resistencia heroica que estaba llevando a cabo la 43ª, después de un mes de encarnizados combates, al repartirse a destajo y durante aquella misma visita honores, ascensos y condecoraciones entre sus componentes, en realidad, puro papel mojado.

Pero en aquel momento el Estado Mayor tenía otros planes mejores que la vulgar aunque necesaria propaganda de guerra, y entre ellos, estaba la activa participación de la 43ª en una gran ofensiva gubernamental que tendría como objetivo recuperar, a grandes rasgos y a cargo de Beltrán y su 43ª, la línea fortificada del río Cinca, perdida al inicio de la ofensiva franquista de marzo, y a su vez las cuencas hidroeléctricas del Noguera Pallaresa y Noguera Ribagorzana, situadas en el Valle de Arán, en este caso a cargo del Ejercito de la República, operación conjunta que iniciada el día 21 concluyó el 27 en el fracaso más absoluto.[30]

El 7 de junio, la Bolsa recibió la visita inopinada del diputado católico vasco del PNV Manuel Irujo, vinculado éste, como accionista, a la sociedad explotadora de la central eléctrica de Lafortunada (Saltos del Duero), situada a medio camino de la carretera de Ainsa a Bielsa, que suministraba fluido eléctrico, indistintamente y en la época de la República, a Bilbao y al Valle de Arán en Cataluña (central de Seira, en el Valle del Esera), que representaba el 20% de las necesidades normales del mercado catalán en los 4 meses de aguas bajas, y el 30% en los restantes meses, en ambos casos territorios ocupados en aquel momento por los franquistas, al enterarse Irujo de que Beltrán tenía proyectado volar parte de sus instalaciones.[31]

Irujo, pensando sólo en sí mismo y no precisamente en la guerra, en un intento por salvar su patrimonio personal de la catástrofe, ofreció a Beltrán, con la intermediación de un oficial de la Cruz Roja, apellidado Cazcarra, ingresar a su nombre cinco millones de pesetas de la época en el banco que él eligiera, siempre y cuando la central no sufriera daño alguno, conversación a la cual asistió en persona su capitán ayudante Hilario Borau.

No debería conocer mucho Irujo a Beltrán, pues, tras aquella chapucera propuesta, Beltrán dio la orden a Borau de que la voladura, estudiada y planeada desde el inicio mismo de Bolsa en abril, fuera efectuada de inmediato, quedando la central fuera de servicio, pero sin perjudicar el necesario suministro del valle al tener otra central los republicanos en La Barrosa. La segunda y definitiva voladura de Lafortunada tuvo lugar el día 11 siguiente, a las 11 horas, corriendo a cargo de la Compañía de Guerrilleros, momento en que la 43ª División ya estaba a la carrera y en plena retirada.[32]

Finalmente, agotados todos los recursos, los militares y materiales, por parte de la 43ª División republicana, de tener en cuenta que la resistencia de Bielsa se había iniciado dos meses antes, el 15 de abril, y ante la abrumadora y brutal presión franquista que la duplicaba en número de hombres, y con una artillería y una aviación demoledora y sin parangón, gracias al descarado amparo al bando franquista por parte del Comité de No Intervención, organismo internacional que sí permitió la intervención en España, de todo tipo, de Italia y de Alemania, potencias ambas fascistas, sin dejar entrar, en la España republicana nada,[33] el mundo después pagó con creces aquella factura en la II Guerra Mundial y allá la conciencia de cada uno, se retiró a Francia muy maltrecha pero con su honra y su gloria intactas.

 Así, a las 4 de la madrugada del 16 de junio el último soldado republicano cruzó la frontera, y con el anónimo soldado, detrás, Beltrán y su Estado Mayor, que al día siguiente declaró al diario de Pau Le Patriote, al ser testigo privilegiado: “No queda tras nosotros ni un herido, ni un prisionero, ni una acémila…”.


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NOTAS

 [1] Pere Foix, Pancho Villa. México, 1976.

[2] Aquella invasión norteamericana fue el origen del famoso corrido de la Revolución Mexicana titulado “México febrero 23”, donde se ridiculizaba a los pobres soldados invasores, ensalzando los ardides de Villa: “En nuestro México febrero 23, dejó Carranza pasar americanos, 100.000 soldados y 600 aeroplanos, buscando a Villa por todo el país, comenzaron a echar expediciones, sus aeroplanos empezaron a volar, por distintas y varias direcciones, buscando a Villa queriéndolo matar, los soldados que vinieron desde Texas, a Pancho Villa no podían encontrar, muy fatigados de 8 horas de camino, los pobrecitos se querían regresar, los de a caballo no podían ya sentarse, y los de a pié no podían caminar, entonces Villa les pasó en aeroplano, y desde arriba les dijo “Gudvay”, comenzaron a lanzar los aeroplanos, entonces Villa un gran plan les formó, se vistió de soldado americano, y a su tropa también la transformó.”  

[3] De la Cierva, Ricardo: La sublevación de Jaca. Historia y Vida; nº 33, diciembre 1970.

[4] Francisco Cavero Vas. Canfranc (Huesca), 1895 – Inia (Navarra), 1944. El famoso apodo de “El taxista de Canfranc”, que en diferentes textos vemos atribuido a Beltrán, correspondía a este personaje, que se dedicará más adelante a dicho negocio con un vehículo de su propiedad, y que participara en los sucesos de Jaca, en la Bolsa de Bielsa, y en la guerrilla antifranquista, donde murió combatiendo, con las armas en la mano, en 1944, con gran disgusto de Beltrán, su amigo del alma. José María Gironella, franquista, en su libro, Los cipreses creen en Dios, Madrid, 1953, sin que se sepa el motivo, cambió el alias de Beltrán por el de “Limpiabotas de Canfranc”.

[5] La historia de la Sublevación de Jaca es muy resbaladiza, al tener todavía muchos claroscuros, o al estar sujeta en función de la ideología política del autor de turno, y al uso que haga de determinados materiales, en algunos casos muy discutible al estar notablemente sesgados en beneficio más de la leyenda que de la pura y dura Historia. Ver Gómez, Esteban C.: La insurrección de Jaca. Los hombres que trajeron la República. Barcelona, 1996.

[6] Alfonso Rodríguez Subirana, el Relojero, nacido en Hostalrich (Gerona) en 1889, formó parte de la Agrupación Socialista de Jaca, participando en la sublevación de 1930, aunque de manera tan chapucera que hasta el propio Mola, en aquellos días a la sazón Director General de Seguridad, conocía sus andanzas por los cuarteles o sus alegres comentarios en las casas de latrocinio de Jaca, donde explicaba a las asombradas pupilas que ”del 5 al 10 de este mes será la gorda”. Ver Mola, Emilio: El derrumbamiento de la Monarquía, Tempestad, calma, intriga y crisis, Memorias de mi paso por la Dirección General de Seguridad, Madrid, s/f. Detenido Rodríguez tras la Sublevación, le faltó tiempo en sus declaraciones ante los militares para dar todos los nombres de los civiles implicados en Jaca y, además, los nombres del Comité Revolucionario de Madrid, caso único entre los procesados. Durante la guerra civil fue comisario político en Carabineros, y apresado por los franquistas a la conclusión de la guerra fue fusilado en 1942 en la Ciudadela de Jaca. Gómez, Esteban C.: El eco de las descargas. Adiós a la esperanza republica. Barcelona, 2002 pp. 435-464. 

[7] Julián Borderas Pallaruelo, el Sastre. Nació en Jaca en 1899. Propietario de un pequeño taller de sastrería, fue uno de los fundadores de la Agrupación Socialista de Jaca en 1928. Encarcelado por su participación en la preparación y desarrollo del movimiento de Jaca, fue liberado el 14 de abril de 1931. Diputado por el Frente Popular en 1936, fue comisario político durante la guerra, primero en la 130 BM y más tarde en el X Cuerpo de Ejército. Exiliado en Méjico siguió ejerciendo su profesión hasta su muerte en 1980.

[8] Entre las biografías más esperpénticas de Fermín Galán, cada destacar con creces la novelada por Carmelo Martínez Lozano, toda una rareza, titulada ¡Hasta nunca! (Fermín Galán). Barcelona, 1976. A la inversa, la mejor biografía hasta la fecha es la de Fernando Martínez de Baños Carrillo, al estar basada,  de forma fundamental, en su propio expediente militar, que presta una auténtica aproximación humana al controvertido personaje, y muy lejana por tanto a la leyenda posterior. Martínez de Baños Carrillo, Fernando: Fermín Galán Rodríguez. El capitán que sublevo Jaca. Zaragoza, 2005.

[9] Doménech, Asunción: Testimonio. José Rico Godoy. No pudimos convencer a Galán. Historia-16, nº 60, abril, 1981.

[10] Con indiferencia del aparatoso título que dio a su obra Salvador Sediles, lo cierto fue que su versión auto justificativa del gran fracaso de Jaca roza casi el genero del folletín, diálogos incluidos, y en todos casos inverificables a falta de otros testimonios fiables y complementarios, pero tomados en algún caso concreto por un autor como auténticos. Sediles, Salvador: Voy a decir la verdad. Madrid, 1931. Otro ejemplo de lo anterior es la obra de Graco Marsá, Relato de un rebelde. Madrid, 1931, una versión esta última muy parcial de los sucesos de Jaca, tal como certeramente apuntaban  J. M. Azpíroz y F. Elboj en su obra La sublevación de Jaca. Zaragoza, 1984.

[11] Gascón Ricao, A.: ¿Por qué un viernes? Trébede, nº 20, diciembre 1998.

[12] Frase de Fermín Galán con la que justifica su sublevación.

[13] Autor patrocinado por Esteban C. Gómez, para el título intermedio de su trilogía, Vicien resulta fundamental para poder conocer la atmósfera que se vivió en Jaca desde la Sublevación hasta el 18 de julio de 1936. Enrique Vicien Mañé: La II República en Jaca. Una época diferente. Barcelona, 1998.

[14] De la Cierva, R., op. cit.

[15] E. Vicien Mañé, op. cit.

[16] Gascón Ricao, A.: Beltrán. El Esquinazau. Jaca, 2002.

[17] Según atestiguó Antonio Maisterra hace ya muchos años, viejo luchador anarquista natural de Uncastillo, que acompañará a Beltrán durante toda la guerra civil, éste había llegado a planear la liberación de su familia con unos cuantos incondicionales entre los que se encontraba Maisterra, por medio de un golpe de mano que nunca tendría efecto.

[18] Entre las muchas calumnias vertidas sobre Beltrán, y en particular en aquellos mismos días, ver Borobio Navarro, Patricio: “El Esquinazau”, rehabilitado’. Heraldo de Aragón, 25-5-2001.

[19] Cruells, Manuel: Mayo sangriento. Barcelona 1937. Barcelona, 1970.

[20] Gómez, E. C.: Semblanza de Juanito Lacasa. Heraldo de Huesca, 16-8-2002.

[21] Residentes la pareja en Moscú, y en las postrimerías de la II Guerra Mundial, tuvieron una hija el 6 de agosto de 1944, a la que pusieron de nombre Olga. A la salida del Beltrán PCE en 1947, cosas de la vida, la pareja rompió peras, pero por cuestiones ideológicas, casando un tiempo después Elena con el dirigente comunista Nemesio Pozuelo.

[22] Benet Capará i Rotés, José María. Barcelona, 20.2.1905 – Mafet de Agramunt (Lleida), 3.7.1977.  Amante del excursionismo y de los deportes de montaña, al inicio de la guerra era administrador de la Unión Excursionista de Cataluña (UEC), y antiguo secretario de la Federación de Entidades Excursionistas de Cataluña. Oficial de complemento del Arma de Caballería con anterioridad a la guerra civil, al inicio de la misma fue ascendido a teniente por su participación en los combates que tuvieron lugar el 19 de julio en Barcelona, acompañando al general de la Guardia Civil Jesús Aranguren durante la reducción de los focos rebeldes. En agosto de 1936, fue nombrado jefe de las Milicias Pirenaicas, unidad que en octubre pasó a denominarse Regimiento Pirenaico número 1 de Cataluña, unidad que tras una serie de vicisitudes pasó en mayo de 1937 destinada al Sector Pirenaico de Huesca, donde un mes más tarde fue disuelta y repartidos sus hombres entre la 130ª y 72ª Brigadas Mixtas, pertenecientes a la 43ª División, al mando entonces del teniente coronel José Escassi Cerrada. En marzo de 1937, ascendido a capitán, pasó destinado a la Consejería de Defensa de la Generalitat, y en julio de 1937, era jefe de Estado Mayor de la recién formada 130ª B.M., al mando de Mariano Bueno Ferrer. En octubre ascendió a “capitá-caporal” de los Mozos de las Escuadras de Cataluña. En 1938 recibió el diploma de Estado Mayor, pasando en abril a la Agrupación Norte de Defensa de Costas. En septiembre, fue ascendido a comandante, por méritos de guerra, tras su fugaz intervención en abril de aquel año durante los principios de la Bolsa de Bielsa, al haber colaborado con Beltrán, tanto en la retirada previa del frente como en la formación y defensa de la Bolsa.

[23] Ferrerons Ruiz, R. y Gascón Ricao, A.: Les Milícies Pirinenques, nacionalismo armat. L’Avenç, núm. 91, marzo 1986; Gascón Ricao, A.: Los oscuros orígenes de las Milicies Pirineques (1936). Armas y Cuerpos. Revista Militar de la Academia General Militar, núm. 104, julio 2004.

[24] El primer autor que trató en extenso el tema de la Bolsa de Bielsa, en un libro totalmente testimonial, aunque dedicado casi en exclusiva a las vivencias de los antiguos componentes de Milicias Pirenaicas, que fue premiado como finalista del Premio Josep Pla de 1976 fue Estanislau Torres. Ver Torres, Estanislau: La Bossa de Bielsa. Barcelona, 1977.

[25] Entre ellas y como botón de muestra, aparecida en su caso en la Vanguardia, que la 43ª División estaba combatiendo, no en Bielsa, sino en el Valle de Arán donde había causado a los fascistas “miles de bajas”.

[26] Gascón Ricao, A.: El aconchamiento de la 43 División republicana en Bielsa, en la obra Guerra Civil. Aragón. Zaragoza, 2004, pp. 189-261.

[27] Beltran, Antonio: Acciones Defensivas de la 43. División en el Pirineo Aragonés. Moscú, 1941. Archivo del PCE, Madrid.

[28] Sus guías desde la frontera fueron Julián Borderas, antiguo comisario del Xº C.E., y Máximo Gracia Royo, comisario político de la 43ª División.

[29] Aunque publicación lógicamente muy propagandística, el testimonio del periodista Cimorra, que dirigirá durante los años de la II Guerra Mundial la redacción de español de Radio Moscú, resulta vital a la hora de conocer los detalles de aquella misma evacuación, y otros muchos más de la vida cotidiana en la Bolsa. Cimorra, Clemente: Los héroes del Pirineo. Madrid-Barcelona, 1938.

[30] Gascón Ricao, A.: La Bolsa de Bielsa. El heroico final de la República en Aragón. Huesca, 2005.

[31] Millet Maristany, Genaro: Resumen de las características principales y situación de las centrales productoras de fluido eléctrico para la región catalana y explotadas por la Riegos y Fuerza del Ebro, S.A., constituyendo el sistema de la Unión Eléctrica de Cataluña. Archivo autor.

[32] La primera destrucción de la central, consistió en lo que se denomina una operación de “ariete”, que cegó uno de los tramos superiores de la tubería forzada o tubo de presión que llevaba el agua a las turbinas, y que sin más daño al edificio que llenar de escombros la sala de máquinas, puso a la central totalmente fuera de servicio. La segunda, fue realizada con la ayuda de un par de obuses de artillería sin detonar, procedentes del enemigo, y con la ayuda como iniciador de dinamita.  Gascón, A., op. cit.

[33] Las pocas fotografías que se conservan de los personajes militares encargados en aquella zona del Comité de No Intervención aparecen en el artículo de Adiós a la esperanza republicana, Gómez, Esteban C., Trébede, núm. 58, diciembre 2001. 

Antonio Gascón Ricao